Ciudad de la Paz: Capital Eterna [02/07/2007] Por Juan Raúl Ferreira. Premio Jerusalem 1997.
Este artículo fue publicado en Semanario Hebreo
Cuando uno está en Jerusalem, siente que el tiempo se ha detenido. Que la historia de la humanidad está frente a uno. Por aquellas calles caminó el protagonismo de los tiempos, desde la antigüedad hasta nuestros días. Las tres religiones monoteístas tienen allí lugares Santos. Pero cuidado con esa verdad, si es vista fuera de contexto. Jerusalem es, no olvidemos, capital eterna de pueblo judío. Ese derecho habrá de reconocérsele al Estado de Israel.
Hace poco mi gran amigo Daniel Bajuk, me hizo llegar un casete con las palabras de mi padre al conmemorarse los cuarenta años del Estado de Israel. Nadie que las haya oído podría olvidarla. En mi caso, me siguen poniendo la piel de gallina. Además me trae otro discurso a la memoria. Pronunciado por él también y en el mismo lugar, no le llamemos Palacio Peñarol, sino Gastón Güelfi). Fue durante la guerra de los Seis Días. Invitado por Nelson Pilosof, compartió la tribuna con el colorado Amilcar Vasconcellos y el pedecista Américo Pla Rodríguez. Yo tendría pantalón corto. Aún resuenan en mi alma sus palabras finales “Viva Jerusalem, Capital Eterna del Pueblo y del Estado de Israel.”
Esa es mi cuna. Así me formé. Con los años fui entendiendo mejor de qué se trataba. Cuando allí estuve en Jerusalem, visité los santos lugares cristianos. Estuve en Belén, caminé las calles por las que Jesús acarreó su Cruz y me arrodillé ante su sepulcro. Pero Jerusalem no es la capital de mi Fe. Es más los Católicos llamamos a nuestro cristianismo “Romano.” La mezquita de Omar es lugar de devoción de los musulmanes. Pero cuando estos rezan al caer el día dirigen su mirada a la Meca. El judío a lo largo de cada jornada evoca a Jerusalem. La tiene presente al edificar su hogar, y nueve veces a lo largo de su vida, desde el nacimiento a la muerte.
Lugar Santo y Sagrado: de todos. Capital: de Israel. No hay en esto un contradicción sino un por qué. ¿O Jesús no era judío, no fue circuncidado y no fue presentado al Templo ante los Rabinos? ¿O el Corán no reconoce a la Biblia como de inspiración divina? Si todos tenemos en tierra judía un pedazo de nuestra identidad, algo de lo sagrado y santo de nuestra historia, es porque de allí venimos. Allí nacieron nuestros valores y nuestra Fe de la que. Por eso son, como suele decir el Papa Benedicto, nuestros hermanos mayores. En toda familia, el hermano mayor cuida los bienes comunes. Así que yo como cristiano, bien tranquilo estoy que las calles que piso Jesús, y la tierra que cubrió su cuerpo muerto las cuide y preserve el pueblo que eligió Dios y con el que hizo su Alianza.
Puede sonar como un argumento muy religioso. Soy religioso, pero no teocrático. Soy un cristiano laicista. Ciudadano de un país muy laico. Ya a mediados del siglo XIX un gran Presidente, Bernardo Prudencio Berro, secularizó los cementerios. Católico práctico él, pero tolerante. Por sus militantes afanes para que la Iglesia no se metiera en los asuntos del estado terminó exiliando al Arzobispo de Montevideo. Entonces: religioso sí, obligar a que la historia y la política se adapte a mis creencias: no.
En su obra “El Choque de las Civilizaciones” Samuel Huntington planteaba ese gran reto a la humanidad. Los grandes conflictos que nos deparaba el futuro (anunciaba hace quince años) no iban a ser económicos sino civilizatorios. El futuro llegó y Huntington tenía razón. Entonces el tema de la religión se introduce no como elemento de Fe sino para interpretar una dimensión cultural que ayuda a comprender el mundo de hoy. Para entender a un pueblo es bueno saber si rinde culto a la vida o a la muerte. Para entender el apego de un pueblo a su tierra, hay que saber a qué responde el mismo. Para saber a dónde va ese apego hay que saber de dónde viene.
Yo no puedo entender el mundo, mi civilización y mis valores sin sentir el peso intenso que en su conformación ha tenido el judaísmo. Digámoslo más claro: no me imagino que no hubiera el judaísmo. Y agrego: sin Jerusalem, el judaísmo no tendría sustento, existencia, razón de ser. Así lo veo yo como cristiano, como occidental, como amante de los valores esenciales de nuestra civilización.
Luego de su visita a Israel, Wilson dio una charla en el CCI, donde habló de los colores de Jerusalem. Decía que a lo largo del día la ciudad cambia de colores y con ello cambia no en intensidad sino en contenido la espiritualidad que transmite. Como recuerdo diario de su lección, tengo en mi cuarto un cuadro de la Ciudad color oro, que me regaló la Organización Sionista en el año 97. En el living un Jerusalem azul de Zoma Baitler que heredé de mi padre. Me pregunto ¿de qué color verá Jerusalem un judío? No se. Debe ser algo especial e intransferible. Un color dolor y esperanza, un color tradición y desafío. Un color de la paleta del Buen Dios. Un color Shalom. |