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La cuestión es el fanatismo
[3/3/2009]

Artículo del ex Presidente de la República Dr. Julio María Sanguinetti, Premio Jerusalem 1992, publicado el 23/2/2009 en el diario La Nación de Buenos Aires.

La historia es larga. Hace 60 años, en 1948, Naciones Unidas, aun bajo el impacto de la 2ª. Guerra Mundial y del horror del Holocausto, vivió el milagro de que EE.UU. y la URSS coincidieran en resolver la cuestión judía creando un Estado en el viejo hogar territorial de sus ancestros. En la misma resolución se creó un Estado Árabe, que reuniera a los habitantes de ese origen en la vieja Palestina. Se terminaba así el mandato británico sobre la región y nacían dos Estados independientes. Jerusalem, la mítica ciudad,  quedaba dividida en dos partes. Desgraciadamente, los Estados árabes no aceptaron la existencia de Israel y desde el primer día comenzaron la guerra. El naciente Estado judío, entonces débil en lo militar y pobre económicamente, sobrevivió bajo la conducción profética de Ben Gurión y a partir de allí, ladrillo tras ladrillo, construyó un país próspero y la única democracia de la región, sociedad pluralista en que conviven en el Parlamento judíos agnósticos, judíos ortodoxos, árabes, drusos... Desgraciadamente, no ha tenido, desde aquellos lejanos días, una noche de sosiego. Seis guerras convencionales, siete con la presente, y dos Guerras Santas (Intifadas) marcan una situación bélica apenas interrumpida por intervalos de tregua y renovadas aspiraciones de paz.

 

                        El tiempo no ha pasado en vano para Israel, pero tampoco para otros países árabes, como Egipto, Jordania y Arabia Saudita, otrora enemigos y hoy vecinos con los que oficial o tácitamente se ha pactado la paz. Desgraciadamente, en el resto, en los últimos años ha predominado una ola de fundamentalismo religioso que es oficial en Irán, aceptada en Siria y diseminada por todo el mundo musulmán con una siembra de odio contra Occidente y sus valores del que los atentados del 11-S en Nueva York y el 11-M en Madrid son expresión más que elocuente. Como es obvio, ese fundamentalismo, que emplea el terrorismo como método, con un total desprecio para la vida humana, la de los propios y los ajenos, mantiene a la desaparición de Israel en la condición de objetivo de honor. Y allí permanece el núcleo del conflicto. Mientras en los templos y las escuelas se cultive el odio al pueblo judío, no habrá paz verdadera. Hace ya muchos años, cuando aún no teníamos los Ayatolahs  gobernando Estados, Golda Meir dijo que sólo tendrían paz con los árabes cuando ellos quisieran a sus hijos más que lo que odian a los judíos.

 

                        Todo lo demás es consecuencia. En estos mismos días, en que alentamos por lo menos una tregua duradera, ¿cómo se instala un dialogo cuando unas de las partes sostiene la desaparición del otro?

 

                        A partir de allí, en cada caso, siempre podremos discutir quién tuvo mayor responsabilidad, quién lo inició en la ocasión, quien es más intransigente. La cuestión es que al que pacta del lado musulmán le nace, invariablemente, una contestación más radical, engendrada en las escuelas de fanatismo. Pensemos en la OLP, organización terrorista conducida por Yaser Arafat, que terminó, muchos años más tarde, en fuerza apaciguadora, perdiendo su peso político. ¿Qué le paso últimamente al movimiento Al Fatah? Intentó pactar la paz y le salieron Hezbollah y Hamas, y en eso estamos. Y seguiremos. Esta afirmación podría parecer desalentadora y paralizante, y hasta desmentida por avances como los alcanzados en algunos Estados árabes como los mencionados. El tema es que sus gobiernos no son fundamentalistas y viven en zozobra constante con esas “quinta-columnas” internas que constantemente intentan desestabilizarlos. En el otro extremo, Irán preconiza urbi et orbe la desaparición de Israel y provee  armas a los extremistas que pululan en todo el mundo árabe y están formados en la idea de que la muerte es la gloria de Allah y el Occidente todo  representa los desvalores a erradicar de la faz de la tierra.

 

            Naturalmente, no hay que desechar ningún camino hacia la paz. E insistir e insistir. Pero sin nunca perder de vista la raíz del problema.

 

            No falta sustento al razonamiento de que una invasión como la israelí a Gaza, circunstancialmente estimula los radicalismos. Es la perversa lógica en que nos introduce el fanatismo, obligando a hacer lo que no quiere Israel, que hace cuatro años devolvió ese territorio, a cambio de una tregua que esperaba fuera duradera. La cuestión es que ¿cuál sería la otra lógica? El diálogo se ha visto ya que es inviable o muy frágil. La vía más serena sería continuar esperando, con el riesgo obvio de que el movimiento terrorista siga en su acción de disparar misiles y logre instalar los de largo alcance, proveídos por Irán, y a partir de allí su acción imponga algo mucho más penoso, o sea una guerra generalizada, con más sangre aún.

 

Siempre es terrible ver los resultados de una acción militar y allí están los grabados de Goya para inmortalizar su dolor. Pero no está en la realidad quien no asuma que con los fanáticos es inevitable el sacrificio de la población civil, incluido niños, porque esa es su estrategia. Se vio claro en El Líbano y se advierte ahora. Es más, Israel montó un sistema inédito para advertir del objetivo de un ataque y dar tiempo a que salgan las posibles víctimas. Lejos de tener respuesta, los fundamentalistas convocan a más gente para llevarla a la muerte. Eso también se ha visto en televisión y sacude cualquier sensibilidad.

 

Somos de los que creemos en un Estado palestino independiente, con la misma convicción con que afirmamos el derecho de Israel a preservar la seguridad de sus ciudadanos. Y también valoramos sobremanera el esfuerzo de países como Egipto. Me consta personalmente la visión del Presidente Mubarak al respecto. Pero mientras haya Estados como el iraní y escuelas para mantener el odio, cualquier esfuerzo será pasajero. Israel podrá acertar o errar. Conquistar o devolver tierras. Se ha demostrado que da lo mismo para los extremistas. A ellos no les alcanza siquiera el nacimiento de un Estado palestino, como pudo ser verdad hace 60 años. Lo que les mueve es el rencor a Israel desde una visión retrógrada, autoritaria, esclavizadora de la mujer, fanática en todas las dimensiones de su irracionalidad. Nuestro deber de occidentales y demócratas será siempre defender la libertad y procurar la paz, sabiendo que la verdadera estabilidad no saldrá de los convenios sino de las aulas, los textos y los sermones. Sólo éstos, el día que realmente prediquen el amor que tanto invocan y rescaten del Corán el espíritu que permitió la convivencia en la Toledo medieval, sólo ese día los convenios y tratados, las treguas y los armisticios, podrán ser algo más que letra y pasajeros alivios. Bien lo sabe Occidente, al que tanto le costó salir de la Inquisición y las cazas de brujas.

 

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