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Prof. Blanca Rodríguez Premio Jerusalem 2009
[29/7/2009]

Palabras de la Prof. Blanca Rodríguez al recibir el Premio Jerusalem 2009 en el acto de Iom Ierushalaim del 26 de julio de 2009

Sr. Intendente Municipal de Montevideo Dr. Ricardo Ehrlich.

Sr. Cónsul de Israel en Uruguay.

Sra. Presidenta de la Organización Sionista del Uruguay, Laura Taragán.

Sr. Presidente Honorario de la Org. Sionista del Uruguay Bernardo Olesker.

Galardonados por el Premio Jerusalém de ediciones anteriores que están aquí esta tarde

A todas mis amigas, amigos y  familiares que han venido en este día tan especial, les agradezco la compañía. Así como la de quienes no pudiendo estar físicamente, siento muy cerca de mi corazón.

 

Yo agradezco a la Organización Sionista del Uruguay y a la Alcaldía de Jerusalém este reconocimiento, que recibió gente tan notable antes que yo. Pero además debo agradecer esta instancia que posibilita para mí el cumplimiento de una etapa más en esta “verdadera hoja de ruta” que de golpe se ha ido trazando en mi vida, con respecto a la colectividad judía en el Uruguay en particular  y al pueblo de Israel en general.

Y paso a explicarles… esto de la hoja de ruta de mi vida.

Para quienes vivimos, pensamos y fuimos educados de determinado manera, puede resultar sorprendente que se premie la tolerancia.

Puedo entender perfectamente,  que una comunidad que ha conocido las peores formas de discriminación y exterminio sienta agradecimiento por quienes predican y se comprometen con el antisemitismo y la antidiscriminación en general. Pero yo quiero decirles que no existe para mi otra manera de vivir y de educar a mis hijos y de compromiso a través de mi labor periodística, que no sea en la pluralidad, en la tolerancia y en la defensa del derecho a ser de todos los seres humanos, y permítanme, en la defensa de los más débiles.

Ese es el deber ser, eso se lo debo a la educación recibida en mi casa. Mi condición de hija y hermana de inmigrantes, ha atado fuertemente mi sentido de la vida a un baúl que junto a mi familia había viajado varias semanas en un barco cruzando el océano, con todo lo que tenían, y  durante toda mi niñez ese baúl me habló, de que yo tenía raíces en otra parte, del otro lado del Atlántico, y que por  lo tanto tenía que ser agradecida con una tierra que recibió a mis padres y les permitió gracias a su trabajo sacrificado que sus dos hijas nos educáramos y obtuviéramos títulos terciarios. Algo que difícilmente hubiera ocurrido de quedarnos en la tierra de los abuelos.

Pero ese baúl también me trasmitió siempre la nostalgia por lo dejado, por lo que necesariamente había quedado del otro lado junto con los abuelos. Me hablaba por lo tanto, de una memoria que nosotros debíamos sostener, cuidar, trasmitir, porque en ella estaba también nuestra identidad. De dónde veníamos.

Pero  pronto descubrí en mi barrio, y en las casas de mis compañeras de la escuela, que ese objeto, el baúl, tenía una presencia muy frecuente. Algunos habían venido desde España, como el mío, pero otros desde Italia, desde Portugal, desde Francia, y muchos de la Europa Central y del Este y pertenecían a familias judías que habían escapado del horror del nazismo.

Es casi como que todos teníamos un baúl propio, y para nosotros era normal, pero ese objeto despertaba una gran curiosidad en los criollos, como decía mi papá. Que siempre preguntaban- “che, uds. ¿qué tienen ahí adentro?”. Porque era una especie de objeto sagrado.

Recién de grande puedo responder bien esa pregunta, teníamos lo que éramos, nuestra identidad y nuestra memoria.

Y todos convivíamos en esa diversidad de abuelos que hablaban italiano y uno se las ingeniaba para entenderlos, de padres que hablaban gallego, y ellos se las ingeniaban para entenderlos, y todos los acentos se incorporaron con naturalidad a nuestra niñez, sin el más mínimo complejo. De allí vengo yo, y de un Colegio donde las Domínicas de la Anunciata, en línea con mis padres, invirtieron largas horas en mi formación en la tolerancia y la diversidad. Por eso digo que esto es tan natural como el deber ser.

Pero si, yo sabía que atrás de mis amigos descendientes de judíos se escondían las historias más duras. Era mucho más lo que intuía que lo que sabía. Pero la semilla para la exploración estaba sembrada.

Me consta que esta historia es la de muchos uruguayos, me atrevo a decir que la gran mayoría, y pertenezco a una generación que es la que está ahora en los espacios de liderazgo y de ejercicio de poder a nivel institucional. Si esta es nuestra historia, ésta debería ser la impronta que prime.

Más adelante mi formación en los niveles superiores me permitió un mayor acercamiento a la historia del pueblo de Israel, ya no hablo de la bíblica, que por cierto conocí a fondo primero por mi formación cristiana y luego también por mis estudios literarios, ya desde otra óptica. Hablo de la historia más cercana, la del horror del nazismo y el holocausto. Que no conoce quien no quiere y que solamente puede negar quien comulgue con los principios hitlerianos.

Y como muchos de uds. me sentí estremecida por la lucha por la supervivencia, por la porfiada lucha por resistir y seguir siendo una comunidad, con una tierra, y una historia. Con identidad y memoria.

Y sentí una profunda admiración por su dignidad. Pero sobre todo por eso que yo he llamado “LA PEDAGOGIA DE LA MEMORIA”. Porque es cierto que los escritos sagrados convocan permanentemente a la obligación con el recuerdo. Es cierto que sus máximos líderes han dado siempre como consigna la obligación de “recordar para existir al pueblo judío” y estoy pensando en Simón Wiesenthal en este momento.

Pero ese legado durísimo no es solo un tema de consignas, pasa por un estilo de vida y de educación familiar. Cotidiano. Yo pude ver en Israel el ejercicio cotidiano de la pedagogía de la memoria.

Y aquí vamos a lo de la HOJA DE RUTA de mi vida, porque yo no creo en las casualidades, y esto está diseñado por alguien que marcó mi compromiso con estos temas.

Todo empieza cuando me invitan a ir a Israel por mi condición de periodista, con motivo de la conmemoración del PLAN DE PARTICION DE PALESTINA, que votó Naciones Unidas el 29 de Noviembre de 1947, y en el que Uruguay, a través de la personalidad de Rodríguez Fabregat, tuvo un rol protagónico.

Jamás imaginé que yo iría a Israel. Coincidirán conmigo que es bastante frecuente que vayan los integrantes de la colectividad, pero no los uruguayos de a pie. Y lo pensé mil veces, ¿por qué yo?

Y allí fui y debo decirles que hice ese viaje en el nombre de mi padre, que murió deseando conocer Israel. Mi padre era un hombre muy católico, de misa dominical y veía en Israel el escenario de la peripecia de Cristo y toda su fe. Que también es la mía.

Pero para mi también es, ese escenario al que voy a diario por mi labor periodística, el de la paz inencontrable. El de las complejidades extremas para entender desde lejos.

Y estuve varios días en Jerusalém, llegué a la ciudad dorada. Hice el camino de mi fe, iniciándolo en Nazareth en la casa de María, pasando por el Mar de Galilea, por el Monte de la Bienaventuranzas, estuve en el Monte de los Olivos y una vez más les digo, cómo voy a creer en la casualidad, un sacerdote franciscano, me pide en la Iglesia de la Lágrima, que pase al altar y lea el Evangelio en español. ¿Por qué yo?

Entré en la Ciudad Santa, recorrí la vía dolorosa, llegué al Sto. Sepulcro, estuve en el Gólgota. Allí estaba todo lo que desde niña leí y oré.

Pero paralelamente también Jerusalém es cuna da las otras dos religiones monoteístas, y ellas transcurrían al lado mío con total naturalidad… para ellos, no para mi, que lo miraba asombrada.

Y recorrí las ruinas del Templo, y supe de porfía y resistencia.  Y mi amiga la periodista Ana Jerozolimski, me llevó al Muro de los Lamentos, que recorrí estremecida, ante un ceremonial que por primera vez veía en vivo. Y Ana Jerozolimski, está hoy aquí, ¡cómo voy a creer en las casualidades!

También fuimos a los lugares más increíbles de la ciudad vieja con sus mercados ancestrales, de judíos, palestinos y cristianos, y allí pude ver la convivencia pacífica en unas pocas decenas de Km. cuadrados de cuatro barrios y comunidades. Y pude ver que la llave del Sto. Sepulcro la tiene una familia palestina, que lo abre todos los días, y los palestinos venden sinagogas de adorno y los judíos mezquitas de recuerdo en el mercado. Todo ello mientras las campanas del Convento de la Hermanas de Sión llamaban a misa. El almuecin de la mezquita convocaba por altavoz al rezo y el pueblo judío preparaba su shabbat.

Ahí pude entender por qué es tan difícil entender. Tuve un acercamiento de primera mano a la complejidad política, social y cultural. También una oportunidad de hacer lo que es la obligación de cualquier periodista, tratar de buscar la verdad y la lógica de todo esto.

Pero está absolutamente claro que la locura de la guerra, del terror, solo va a seguir regando de sangre una tierra que merece la paz. La convivencia sin terror que buscaron Amos Oz, Rabin, requiere mucha grandeza, la que ellos tuvieron. Una y otra vez, con la porfía que los caracteriza desde sus orígenes, ensayan formas de encontrarla. Una y otra vez, esas formas han fracasado.

Encontré en mis amigos de la colectividad judía en el Uruguay, siempre el espacio para la discrepancia cuando se me pidió opinión sobre las distintas estrategias. Todos saben lo que pienso, no quiero, como tantos, más sangre derramada. Yo estuve en Ashkelón con gente encantadora y pocas semanas después buena parte de esa ciudad fue destruida. No pude dejar de pensar en esa gente que tan cerca del peligro, cantaba, amaba, tenía hijos, proyectaba. Como todos los seres humanos, logran hacerse una vida cotidiana al lado de la eventualidad de la muerte.

Y allí pude ver esa pedagogía de la memoria de la que les hablaba en ejercicio directo. Estuve en Yad Vashem, ese lugar dedicado a la memoria y que da cumplimiento al legado del profeta Jeremías, de “construirás un lugar para honrar la memoria”,  y cuyo nombre habla precisamente de ponerles nombre a los que no están y de recuperar su historia personal a través de sus objetos y sus anécdotas.

Y otra vez mi admiración creciente por un pueblo que ha encontrado en la memoria su manera de resistir y de existir. En Yad Vashem cada víctima del holocausto tiene un nombre y por lo tanto existe y se hace lo imposible por seguir recuperando sus historias y por encontrar más de 60 años después a los culpables, en donde estén. Como debe ser.

No tengo qué decirles que no volví igual de ese viaje, uno no sale indemne de esas experiencias, que son también un viaje a nuestras propias raíces.

Pero seguramente para quien estaba trazando y trenzando mi hoja de ruta con el pueblo judío, entendía que todavía me quedaba una etapa más. Y si hoy les decía que no es frecuente que una periodista uruguaya vaya a Israel, menos frecuente es que sea invitada a visitar Polonia, en el marco de la celebración de la creación del estado Polaco. Los 60 años, y eso ocurrió el año pasado.

¿Es casualidad, que un año después de estar entre el pueblo de Israel y sumergida en su historia y padecimientos, yo estuviera entrando a lo que queda del guetto de Varsovia? No. Tampoco lo es, que los padecimientos que reproduce Yad Vashem, los viera en su escenario real, caminando por Auschwitz y Birkenau. Alguien estaba y está empeñado en que yo conozca esta historia hasta el final y la entienda.

Un refrán judío dice que “los únicos que están realmente muertos son aquellos que han sido olvidados”.

Y pude ver que esto que es una actitud de vida, la registran también fuertemente los jóvenes con los que pude estar. Recordar para no volver a repetir, recordar para avergonzar a los culpables, a los distraídos, para salvarnos a todos de que un horror semejante se reitere. Horror que hay que impedir para cualquier pueblo de la tierra. 

Recordar para honrar.

  Erica Jöng en “Bendita memoria” relata el tramo de una conversación entre un hombre agonizante y su hija que quiero compartir con uds.  “Me pregunto dice el padre, si cuando los animales mueren les preocupa que se les recuerde o que se cuenten sus historias. Se parecen tanto a nosotros: la lucha por el poder, la necesidad de reproducir su especie, pero ¿tendrán memoria? ¿Es la memoria lo que nos hace humanos? ¿Es la memoria el quid de todo lo que creamos… la poesía, la escultura, la pintura? El cuerpo desaparece pero la memoria permanece… sólo si se transmite a otro cuerpo, a otro cerebro. Y solo el amor transmite fuerzas para seguir viviendo”, dice este personaje de Erica Jöng, en el que rescata el culto a la memoria del pueblo judío.

Me consta que ser judío no es fácil, no lo ha sido nunca, y ya ni necesitamos irnos al holocausto, pensemos en el trato especialmente discriminatorio que sufrieron los judíos perseguidos durante las últimas dictaduras latinoamericanas, y también a la uruguaya.

Enséñennos a tener memoria. Con todos. Para ser más dignos, para existir. Enséñennos a recordar.

Yo tengo muy buenos amigos en la colectividad judía en el Uruguay, entre los que me siento querida, valorada. Ellos saben que yo valoro especialmente la inteligencia de su pueblo, la cultura insuperable que les gusta cultivar a muchos de ellos, su sentido del humor. Crecí mucho como persona trabajando, en la Comisión contra el antisemitismo y la discriminación, con gente entrañable, a la que respeto y quiero y les agradezco a ellos el respeto y el espacio que me han dado en el acuerdo y en el disenso.

Que si hay algo que nadie me ha pedido aquí es incondicionalidad.

Pero ya que he hablado tanto de la memoria, quiero recordar especialmente a un amigo que hemos perdido hace pocas semanas y que era un ser entrañable. Siempre generoso, paternal, irradiando paz, y afabilidad. Lo vamos a extrañar mucho al Dr. Jorge Rosa. Nos quedaron con Jorge tantas películas para comentar, y tantos libros de los que hablar. Ya será.

Para terminar, quiero proponerles compartir la misma utopía que proponía en 1982 en su discurso de aceptación del Nobel de Literatura Gabriel García Márquez  “Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad, tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Dedico este premio Jerusalem, que por primera vez se le otorga a una mujer, a todas las mujeres de mi país que mantienen encendido el fuego de la memoria.

MUCHAS GRACIAS.

 

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