Palabras del Sr. Yosef Levi-Sfari [29/7/2009] Palabras del Sr. Yosef Levi-Sfari, Cónsul y Encargado de Negocios de la Embajada de Israel en ocasión del Iom Ierushalaim del 26/7/2009
Sr. Presidente de honor de la Organización Sionista del Uruguay, Bernardo Olesker
Sra. Presidente de la Organización Sionista del Uruguay, Laura Taragán
Sra. Ganadora del Premio Jerusalem 2009, Profesora Blanca Rodríguez
Autoridades comunitarias
Público presente
Tengo el inmenso agrado de participar en este evento conmemorando el Día de Jerusalem, que evoca los 42 años de la reunificación de la Ciudad Eterna bajo soberanía israelí, y celebrando la entrega del Premio Jerusalem a la Profesora Blanca Rodríguez. 
En esta ocasión, como lo ha hecho a lo largo de los últimos 20 años, la Organización Sionista del Uruguay, una destacada organización de esta comunidad judía, entrega el Premio Jerusalem que conlleva un mensaje de paz y comprensión, según el espíritu de los Profetas de Israel.
Podríamos preguntarnos, "¿Por qué la comunidad judía uruguaya entrega un premio que lleva el nombre de la ciudad de Jerusalem?"; ¿Por qué no habrá sido un "Premio Tel Aviv", o acaso un "Premio Montevideo?". La respuesta es clara: porque la ciudad de Jerusalén no es sólo la capital política del Estado de Israel moderno, sino también y por sobre todo, el centro religioso, histórico, cultural y nacional del pueblo judío dondequiera que esté, a lo largo de los siglos.
En estos días, necesitamos reafirmar una vez más lo que resulta evidente a cada uno de los judíos del mundo: el Estado de Israel no puede, ni tiene intención, de volver a separar o repartir la ciudad de Jerusalem, porque hacerlo sería como cortar su mano derecha, como extirpar el corazón del cuerpo judío, dejándolo exánime y sin vida.
El cuestionamiento del derecho del pueblo judío a vivir en cualquier parte de su ciudad capital, recibirá como respuesta lo que ha dicho últimamente el Gobierno de Israel: del mismo modo en que los judíos pueden vivir en cualquier barrio de la ciudad de Montevideo; así como pueden hacerlo en Roma, París o Buenos Aires, de ese mismo modo podrán hacerlo en la ciudad de Jerusalem. El gobierno israelí seguirá protegiendo el derecho fundamental de todos los ciudadanos israelíes a vivir en cualquier parte de su ancestral y milenaria ciudad capital, tal como garantiza el derecho a los ciudadanos árabes a vivir en los barrios judíos de la ciudad. La reunificación de la ciudad de Jerusalén es un hecho irreversible, y así lo será por siempre jamás.
Cabe entonces la pregunta, ¿por que se molestarán tanto ciertos círculos, al ver nuestro júbilo por la ansiada reunificación? ¿Por qué pretenderán a Jerusalén, a la fuerza, en centro de discordia y conflicto? ¿Es que hubo acaso otro pueblo, existió acaso otra nación, que dirigiese sus plegarias por miles de años hacia el Este, en dirección a su capital eterna? ¿Existió acaso otro pueblo, hubo acaso otra nación, que exaltara por siglos de siglos su duelo por la ruina de Jerusalén, aun en pleno regocijo de la boda de sus hijos? ¿Es que existió algún otro pueblo, otra nación, que construyera y embelleciera con sus mejores esfuerzos y sus mayores recursos a esa ciudad, como lo hemos hecho los judíos en los últimos 42 años?
Porque justo es decirlo: desde la reunificación de ambas partes de la ciudad, hemos trabajado sin pausa por su crecimiento, su fomento y su embellecimiento: se construyeron numerosos nuevos barrios, en los que viven cientos de miles de judíos; restauramos sus reliquias, reciclamos sus monumentos y edificios. Todos los gobiernos de Israel, sin excepción alguna, bregaron sin descanso por afianzar a Yerushalayim como capital política, cultural y económica del Estado, así como por ahondar aún más su calidad de epicentro de la vivencia del pueblo judío. Todo eso, sin olvidar las necesidades e intereses de los habitantes no-judíos de la ciudad, que merecen respeto y una vida digna y honorable. La Jerusalén de nuestros días es una ciudad pujante, centro cultural y educativo, polo económico y de desarrollo tecnológico, en la que se respiran aires de tolerancia y en la que los fieles de todas las creencias tienen garantizada la más absoluta libertad de culto.
Recordémoslo siempre: no es el poderío militar el que nos ha brindado el derecho a nuestra tierra; sino nuestra ardiente y profunda creencia milenaria, en nuestro derecho a nuestro Estado, libre, soberano e independiente, cuya capital indivisible es y seguirá siendo Jerusalén.
Tres montes, entre tantos otros, tiene Jerusalén: el Monte Moriá, el Monte Herzl, y el Monte del Recuerdo, הר הזיכרון. El primero, simboliza el comienzo mismo del pueblo judío; en él, Dios selló su pacto con Abraham Avinu, cuando le ordenara que en ese mismo lugar inmolase a su hijo Itzjak. El Monte Hertzl, que simboliza nuestra redención y la vuelta a nuestra tierra, es el lugar en el que descansan nuestros hijos mejores, muertos en la defensa del país. Y el Monte del Recuerdo, en el que se erige Yad Vashem, el memorial por el Holocausto del pueblo judío, es el lugar que cobija la llama votiva en recuerdo al intento de exterminio de nuestro pueblo de la faz de la tierra, y de la brutal masacre de 6 millones de nuestros padres, hermanos e hijos. El comienzo, la redención, el recuerdo. Tres montes; una ciudad única; una sola historia.
En nombre de la Embajada de Israel en Uruguay, felicito muy afectuosa y calurosamente a la profesora Blanca Rodríguez por este reconocimiento, quien a partir de hoy pasará a engrosar una lista honrosa y distinguida de ganadores del premio Jerusalem, cuyo solo nombre basta para destacar su importancia y relieve.
Gracias a todos los presentes por su asistencia y atención. |