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Palabras del Presidente de OSU en Iom Haatzmaut
[17-5-2006]

Palabras del Dr. Gerardo Stuczynski, Presidente de la Organización Sionista del Uruguay, en la celebración del 58º Iom Haatzmaut el 17 de mayo de 2006 en el Cine Plaza

Hace 58 años se producía el acontecimiento más trascendente de los últimos dos milenios en la historia judía: el renacimiento de Israel.

 

Comenzó a gestarse cuando un visionario, un judío de larga barba con aspecto de profeta  llamado Herzl, escribió hace 110 años su sueño en un pequeño libro: “El Estado Judío”. Allí sentó las bases de lo que fue la revolución más exitosa del siglo XX: el sionismo, que transformó al judío de objeto a sujeto de la historia.

 

Movilizó a las masas a sumarse a una comunidad que habitaba un territorio abandonado, de desiertos arenosos y ciénagas infectadas de malaria. Llegaron allí para realizar ese sueño. No en contra de nadie, sino convencidos de que el progreso beneficiaría a todos, también a los nativos árabes, que, en aquel entonces, eran muy pocos y carecían de identidad nacional.

 

Mark Twain, que visitó Palestina en 1867, la describió así: “la desolación es tal que ni siquiera la imaginación puede congraciarse con el esplendor de la vida y de la acción...  Nunca vimos a un ser humano en toda la ruta... Hasta los olivos y los cactus, esos constantes amigos de los suelos más pobres, casi han desertado del país”.

 

Los palestinos, como hoy los conocemos, incrementaron su número debido al arribo de los judíos, que mejoraron las condiciones de vida en la zona.

 

Más adelante, debido a los enfrentamientos entre ambas poblaciones, y a las devastadoras consecuencias del Holocausto, las Naciones Unidas, en 1947, aprobaron el plan de partición, una propuesta elaborada con la destacadísima participación de nuestro compatriota Enrique Rodríguez Fabregat, que creaba dos estados para dos pueblos. Una fórmula lógica aceptada por Israel y rechazada tajantemente por los árabes.

 

La intransigente postura de no reconocer el derecho a existir de Israel ha sido la causa de todos los males que azotan la región: el origen del conflicto, del problema palestino, de las guerras y el terrorismo.

 

Cuando Israel proclamó su independencia, exhortó a todos los pueblos a convivir en paz. La respuesta no se hizo esperar. Los ejércitos árabes, declarando a viva voz su objetivo de echar a los judíos al mar, invadieron el diminuto territorio. Un territorio que ocupa el 0,1%  del Medio Oriente, que es apenas un poco más grande que nuestro Departamento de Tacuarembó.

 

Israel se defendió. Y preservando siempre sus valores éticos, trabajó y construyó.

 

Así se consolidó como un país democrático y  progresista, con  un Poder Judicial independiente, respetuoso de los derechos humanos y las libertades individuales, preocupado por el bienestar social y la ecología. Integró a millones de inmigrantes de todo el planeta y desarrolló una economía próspera. Alcanzó el más alto nivel internacional en las ciencias, las artes, la tecnología, la medicina y la agricultura.

 

Con tres Premios Nobel en los últimos tres años, tiene la mayor cantidad de museos, computadoras y graduados  universitarios por habitante, del mundo. Ha lanzado satélites al espacio y hasta a un astronauta.

 

Por eso, nos sentimos legítimamente orgullosos, porque Israel es el centro de nuestra identidad.

 

Estamos unidos por la fe, la historia, la cultura y por un destino en común.   

 

Somos conscientes de que si no existiera un Estado Judío fuerte, los judíos del mundo no hubiéramos podido alcanzar la dignidad que gozamos hoy y que Israel es la única garantía que puede asegurar el futuro del pueblo judío. Un futuro que aún hoy es amenazado por líderes embriagados de odio antijudío.

 

El Presidente de Irán niega el Holocausto y lanza enardecidas diatribas llamando a borrar a Israel del mapa. La comunidad internacional debe reaccionar con la firmeza que no tuvo en el pasado y darse cuenta del peligro real que significa para el mundo entero un gobierno fundamentalista empeñado en alcanzar la tecnología nuclear, mientras impulsa la Guerra Santa y alienta el terrorismo. Apoya al movimiento islámico Hamás, que también aspira a establecer un Estado teocrático y a eliminar a Israel.

 

Lamentablemente, los palestinos los han elegido para que los represente.

 

Una organización, declarada terrorista por Europa y Estados Unidos, que ha perpetrado los más sangrientos atentados suicidas que costaron la vida a miles de inocentes. Han optado, una vez más, por la perpetuación del conflicto. Porque evidentemente, es muy poco probable, que se puedan realizar negociaciones con un gobierno que no reconoce a Israel, no respeta los acuerdos firmados y no renuncia a la violencia.

 

Esta actitud contrasta fuertemente con el espíritu de la población y del gobierno de Israel, cuyos esfuerzos se dirigen hacia la única solución viable: la creación de dos estados. La desconexión de la Franja de Gaza, llevada a cabo el año pasado, se inspiró precisamente en esa idea.

 

Para conseguir la paz se requiere de compromisos. Si no existe esa voluntad, Israel tendrá que buscar, unilateralmente, la manera de forjar una nueva realidad.

 

Ben Gurión, el primer Primer Ministro, solía decir "en Israel el que no cree en milagros no es realista". Por eso somos optimistas.

 

Israel, más que una respuesta al pasado, es y siempre ha sido una visión de futuro. Con el amor inquebrantable a la paz que nos caracteriza, mantenemos siempre viva la llama de la esperanza. La esperanza de que se realice nuestro máximo anhelo: lograr una coexistencia pacífica con seguridad y prosperidad para todos los pueblos de la región.

 

 

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