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Palabras del Embajador de Israel Sr. Yoel Barnea
[28/11/2006]

Palabras del Sr. Yoel Barnea, Embajador de Israel en el Uruguay, en ocasión de la Celebración de Jerusalem y Entrega del Premio Jerusalem 2006 al Intendente de Montevideo Dr. Ricardo Ehrlich

Es con mucho placer que participo en este evento donde se otorga el Premio Jerusalén al señor Intendente de Montevideo, Dr. Ricardo Ehrlich.

 

En esta ocasión estamos homenajeando la amplia trayectoria profesional y política del Señor Intendente, que durante toda su actividad pública trabajó para el bien de su prójimo y paralelamente con sus actividades académicas participó activamente en la lucha por la democracia y el progreso de este país amigo, que es la República Oriental del Uruguay.

 

Su quehacer se destaca por una búsqueda permanente de una cooperación fluida y fecunda entre la comunidad académica, los distintos actores de la sociedad y la creación de puentes de colaboración entre el sector privado y el sector público, organismos nacionales gubernamentales y no gubernamentales y en base también a sus actividades profesionales fuera del Uruguay, el Señor Intendente no economizó esfuerzos para fomentar el trabajo conjunto con organizaciones internacionales diversas.

 

Su viaje a Israel, en el año 2003 le permitió al Señor Intendente Ehrlich, creo yo,  tener una visión y una impresión más clara de la realidad israelí en todos los aspectos, tanto en lo que se refiere a la problemática del conflicto del Medio Oriente, como también en lo relativo a las capacidades científicas, académicas, tecnológicas y otras, de este nuevo-antiguo estado judío, cuyo pueblo recuperó su soberanía nacional hace no más de 58 años atrás, después de 2.000 largos años de diáspora, sufrimientos y persecuciones.

 

El Señor Intendente tuvo la oportunidad de visitar también Jerusalén, capital eterna e indivisible del Estado de Israel y centro espiritual del pueblo judío.  Allí, sin duda alguna, todo aquel que la visita, como lo hizo el Señor Intendente, puede percibir que existe un respeto claro e indiscutible de los derechos de culto de cada religión, que ven en Jerusalén un lugar santo, parte de su patrimonio religioso y cultural.  Para nosotros, el pueblo judío y el ciudadano israelí, Jerusalén es la emanación singular y casi única de la epopeya nacional, religiosa y cultural del pueblo judío en sus casi 4.000 años de existencia.  En un período de la historia moderna, donde caen muros como aquellos de Berlín entre el este y oeste, no es concebible construir una vez más divisiones físicas y mentales en el corazón de la ciudad de Jerusalén.  La solución a este tema tan profundo y sensible no es resaltando  lo que nos diferencia, sino encontrar fuentes de comprensión y enfatizar todo aquello que nos une con nuestros vecinos.

 

Nosotros, el Estado de Israel, hemos demostrado desde el año 1967, cuando Jerusalén fue reunificada, que sabemos cómo respetar los derechos del prójimo en Jerusalén.  No podemos decir, desgraciadamente, lo mismo sobre los períodos anteriores, cuando la autoridad y la soberanía sobre Jerusalén eran ejercidas por otros gobiernos, ejércitos y autoridades.

Este Premio Jerusalén ilustra y representa un mensaje de paz y comprensión y una voluntad que los problemas en nuestra región se resuelvan por medio del diálogo, de medios pacíficos y con concesiones comunes que tomen en cuenta las preocupaciones, las necesidades, los intereses y los derechos de todos aquellos para los cuales Jerusalén tiene un significado muy singular y único, para todos aquellos que quieren ver a Jerusalén como un centro del cual debe irradiar una visión de paz, tal como lo hicieron los profetas en el relato bíblico.

 

Los principios que diseñaron la identidad del pueblo judío a lo largo de los siglos son también aquellos que diseñaron la identidad colectiva y la historia nacional del Estado de Israel – una cadena de coraje y de renacimiento único en los anales de la historia humana.

 

Desde la fundación de nuestro Estado, dos valores básicos formaron y reforzaron el carácter nacional de la población israelí.

 

El primer valor, que preconiza que Israel y Jerusalén como su capital y el corazón del pueblo judío, es la Patria Nacional de este pueblo, siendo el centro espiritual, religioso y cultural de nuestro antiguo pueblo, y paralelamente refugio frente a la discriminación, a la aniquilación y a la persecución

 

El segundo valor, que preconiza que Israel construye sus bases políticas y sociales sobre la democracia.  Los valores de justicia, paz y humanidad, expresados en primer lugar por los profetas de Israel, son parte integral del sentido de nuestra misión en la familia de las naciones.  Las decisiones que toma nuestro Estado y el Gobierno de Israel están guiadas por aquellos principios y  valores fundamentales sobre los cuales está basada la sociedad israelí.  Estas decisiones y las políticas que emanan de ellas, deben tomar en cuenta no solamente los intereses del Estado de Israel, sino también los intereses del pueblo judío en su conjunto.

 

Si queremos con esfuerzos comenzar a reforzar y afianzar estos valores, debemos confrontarnos con desafíos mayores en tres frentes fundamentales, aunque de carácter diferente:

a)      Como pueblo, debemos defender nuestro derecho básico a un hogar y una Patria Nacional.

b)      Como judíos, debemos luchar contra los peligros y el odio primitivo y oscuro del antisemitismo.

c)       Como miembros del mundo libre, debemos luchar en forma mancomunada, contra las fuerzas del terrorismo en nuestra región y fuera de ella y contra todos aquellos países y grupos que difunden y quieren aplicar soluciones extremistas, nocivas y destructivas, para resolver los agudos problemas a los cuales se enfrentan tanto Israel como la comunidad internacional.

 

Estamos luchando no solamente por nuestra existencia o seguridad física, sino por el derecho inalienable del pueblo judío, como todo otro pueblo sobre la faz de la tierra, a un lugar que nuestro pueblo pueda llamarlo como su hogar.

 

Estos tres frentes y desafíos se ilustran de una manera trágica y lamentable en el caso de Irán.  Israel, pero también todos los países del bien, estamos confrontados con un régimen que niega y se burla de la tragedia del Holocausto, pero paralelamente intenta obtener armas para ocasionar otro holocausto.  El Estado de Israel es, sin duda, uno de los objetivos de la política agresiva de Irán, pero el mundo tiene que saber que, desgraciadamente, no somos los únicos.  Las palabras y las acciones de Irán no son solamente una amenaza directa hacia el Estado de Israel, sino también una amenaza que no es menor, hacia otros países y continentes y representan un peligro inminente hacia los valores que la comunidad internacional pretende que son preciosos y fundamentales.

 

Si estos valores significan algo para la comunidad internacional – si la promesa de que nunca más se permitirá un holocausto como aquel perpetrado hace solamente sesenta años por el régimen nazi, si esa promesa es más importante que el precio del petróleo – entonces el momento de la indiferencia internacional, la vacilación y la indecisión de la familia de las naciones frente a la amenaza de Irán debe cesar, porque ya es tarde.  Se debe adoptar una política clara, decisiva e inequívoca, para que este régimen extremista iraní sepa claramente que algunas de sus decisiones podrán tener una repercusión extremadamente potente, de todos aquellos que no puedan aceptar que un país miembro de las Naciones Unidas quiera resolver la problemática del Medio Oriente por intermedio de la aniquilación física de otro miembro de las Naciones Unidas y la eliminación de sus habitantes, tal como pretendía hacerlo la barbarie nazi.

 

Hace solamente algunos meses experimentamos ya, a fin de cuentas, una confrontación entre Israel e Irán.  Es verdad que la guerra tuvo lugar en el Líbano, pero si la analizamos profundamente sobre la base de otros factores, fuimos testigos cómo un estado malicioso – Irán – y sus aliados – el movimiento terrorista Hizbollah – abusan de otro estado débil como el Líbano, a fin de llevar adelante una política radical y odiosa hacia el pueblo libanés y también hacia la población israelí en el norte de nuestro país.  Esta fue la guerra de Hizbollah, esta fue la guerra de Irán, no fue la guerra del Líbano ni tampoco la guerra de Israel.  No olvidemos que las principales víctimas de esta guerra en el Líbano eran civiles libaneses, que Hizbollah e Irán no dudaron en sacrificar sobre el altar de sus mezquinos y destructivos objetivos.

 

Desgraciadamente, el mundo ya tiene por lo menos una terrible experiencia cuando se cede a visiones extremistas y criminales.  En los años 30 del siglo pasado, muchos europeos y otros pensaron que la solución a las visiones y la política enunciada por el régimen nazi era hacer concesiones y ceder a algunas de las reivindicaciones de la barbarie de Hitler.  El resultado fue la Segunda Guerra Mundial, con más de 50 millones de muertos, entre ellos los seis millones de judíos víctimas del Holocausto.

 

En ese momento los llamados del régimen nazi de borrar al pueblo judío fueron apaciguados y aplacados por la comunidad de las naciones.  Eso fue hecho entonces, pero nosotros nos hemos comprometido que no lo será nunca más, y ese compromiso es eterno e indestructible.

 

Los países árabes moderados deberían formar una coalición de estos países que, conjuntamente con otros fuera de la región, que quieren la paz y la comprensión en el Medio Oriente – todos estos factores deben unirse para evitar que Irán, con su política extremista, pueda perjudicar la estabilidad de todo el Medio Oriente y, por qué no, también fuera de esta región.  Esta coalición de países moderados debería luchar contra los peligros de un islamismo radical que manipulan y tergiversan las fuentes y las bases positivas de la religión islámica.

 

El problema del terrorismo es uno de los más importantes y peligrosos en el escenario internacional de la historia de estos últimos años.  Este terrorismo es utilizado en el conflicto básico entre moderados y extremistas entre aquellos que luchan contra el terrorismo y aquellos que cobijan y dan refugio a los terroristas, entre aquellos que toleran las diferencias y aquellos que quieren implantar visiones totalitarias, que buscan erradicar todo aquello que es diferente.

 

No hay proceso de paz en la historia, con resultados positivos, sin que cada protagonista haya reconocido la legitimidad del otro.   Es este principio y la esencia de la visión de la paz que debe unir israelíes, palestinos moderados y otros vecinos moderados en el Medio Oriente y fuera de él.  Esta visión se fundamenta sobre la base de dos estados democráticos, Israel y Palestina, viviendo uno al lado del otro en paz y seguridad – ésta es la base de cualquier solución aceptable para una paz genuina y verdadera, que toma en cuenta las necesidades, los objetivos y los sueños de cada una de las partes involucradas.

 

Esta visión no permite la existencia del fenómeno del terrorismo.  No hay justificación para exigir el derecho de autodeterminación para un pueblo y paralelamente rechazar el mismo derecho a otro pueblo.  Cada pueblo debe estar de acuerdo en renunciar a parte de su sueño para hacer lugar a los sueños del otro.

 

Israel ya tomó su decisión en esta dirección.  ¿Van a estar los palestinos y sus dirigentes a la altura de este gigantesco desafío y elegir una solución que sirva  los intereses de su propio pueblo, rechazando aquellas visiones y posiciones que llevan a los palestinos al sufrimiento, al dolor y a la desgracia, conjuntamente con sus vecinos israelíes?

 

La comunidad internacional, representada por las Naciones Unidas y los organismos internacionales asociados, analizan la problemática israelo-palestina en particular, y el conflicto en el Medio Oriente en general, por intermedio de un prisma donde faltan las visiones equilibradas y se adoptan proyectos de resolución unilaterales, como fue el caso en estas últimas semanas, donde los intereses de ambos lados no son tomados en cuenta y los agredidos – el Estado de Israel y su población civil – se transforman en agresores.  Aquellos países que apoyan estos proyectos de resolución no equilibrados, obtusos y torpes, se transforman, aunque algunos no intencionalmente, en cómplices de la incitación terrorista contra Israel.  La adopción de estos proyectos de resolución no ayuda a la obtención de la reconciliación de la paz en nuestra región, sino que agrega leña al fuego y alienta las posiciones extremistas que ven, entre otros, la utilización del terrorismo como medio legítimo para obtener logros políticos.

 

Saben ustedes, señoras y señores, queridos amigos, que nunca, nunca, en estos últimos seis años y tampoco en períodos anteriores, desde que comenzaron los ataques suicidas del terrorismo palestino contra autobuses, cafés, restaurantes, centros comerciales, con centenas de víctimas y heridos, nunca ninguna resolución de ese mismo organismo de las Naciones Unidas condenó tales actos criminales y terroristas en una resolución específica, clara e inequívoca.

Pero en el caso de Israel llueven las condenas, con el apoyo de la mayoría automática anti-israelí existente, en el seno precisamente de la organización internacional máxima para la paz en el mundo.

 

Dos pesos, dos medidas.  Parecería como sí la sangre israelí (de judíos, cristianos y árabes-israelíes) sería menos roja que la sangre palestina.  Les aseguro que no lo es!!!  El dolor de una madre israelí cuando pierde a su hijo, es por lo menos el mismo que aquel de una madre palestina o árabe.

 

Frente a esta situación discriminatoria, que no contribuye a la paz e incita a la violencia – ¡preferimos defendernos y ser condenados, a perecer y ser lamentados!!

 

La solución de la problemática en el Medio Oriente se obtendrá únicamente por medio de negociaciones y la vía pacífica, llegaremos a un entendimiento solamente cuando grupos terroristas, como Hamas y Hizbolla, reconozcan el derecho de existencia del Estado de Israel y renuncien al terrorismo.  Llegaremos a esa paz tan anhelada cuando el lado palestino comprenda que solamente concesiones comunes llevarán a una solución.  Israel ya realizó concesiones territoriales significativas con el retiro unilateral de toda la Franja de Gaza en agosto de 2005.  No olvidemos que en mayo de 2000 Israel se retiró completamente del sur del Líbano.  Hay muchos en Israel que siempre preconizaron una fórmula de territorios por la paz.  Nosotros devolveríamos territorios y el lado árabe-palestino estaría dispuesto a concretar la paz con Israel.  Pues lo hemos hecho y en vez de recibir paz, por lo menos parcialmente, en contrapartida de los territorios cedidos, recibimos guerra y terrorismo por esos territorios, como lo ilustran, lamentablemente, la última guerra en el Líbano y la continuación de los ataques terroristas palestinos desde la Franja de Gaza, hacia la población civil israelí en el sur de nuestro país.

 

Golda Meir, nuestra destacada ex Primera Ministra y varias veces Ministra de Relaciones Exteriores, expresó muy sabiamente la idea que obtendríamos la paz en el Medio Oriente cuando la madre árabe o palestina manifieste más amor hacia sus hijos que el odio que tiene hacia nosotros.  Desgraciadamente, aún no hemos llegado a ese momento, pues lamentablemente escuchamos con frecuencia a la madre palestina que pierde a su hijo en un ataque suicida perpetrado por él mismo, que manifiesta su alegría por la muerte de su hijo en esas circunstancias y agrega que está dispuesta a sacrificar a tantos hijos más que tiene, para asesinar israelíes sin distinción, mujeres, hombres y niños, tanto judíos como árabes, tanto ciudadanos israelíes como extranjeros.

 

Israel no pierde la esperanza de poder llegar a una situación de paz con nuestros vecinos, pues estamos comprometidos, el gobierno de Israel y su población, hacia la paz.  El estancamiento y la paralización no es de nuestro interés y tampoco es nuestra política, pero tampoco podremos estar de acuerdo en sacrificar nuestros intereses más esenciales, a fin de obtener solamente una paz temporaria y ficticia que no sirva a los intereses de todos los pueblos de la región y que no contribuya a una estabilidad continua y permanente en el Medio Oriente y fuera de ella.  Israel escoge la esperanza, Israel elige la paz.  Queremos ser como dice nuestro himno, una nación libre sobre nuestra tierra, en la tierra de Sión y Jerusalén.

 

Reitero mis felicitaciones al Señor Intendente de Montevideo por este prestigioso premio.  El Señor Intendente se une a importantes personalidades del mundo político, académico, cultural y religioso en Uruguay, que fueron los receptores del Premio Jerusalén en los años pasados.  El Estado de Israel, por intermedio de su Embajada en Uruguay, continuará junto con la Intendencia, que el Dr. Ehrlich dirige, colaborando para la realización de proyectos de interés común en las diversas áreas de actuación, a fin de contribuir conjuntamente al progreso y al bienestar de estos dos pueblos hermanos y amigos y reforzar aún más los tan buenos lazos que nos unen y en este contexto espero que podamos realizar también programas de cooperación entre Montevideo, capital de la República Oriental del Uruguay, y la ciudad de Jerusalén, capital del Estado de Israel. 

 

Muchísimas gracias y buenas noches.

 

 

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