Palabras del Premio Jerusalem 2006 Dr. Ricardo Ehrlich [28/11/2006] Palabras del Intendente de Montevideo Dr. Ricardo Ehrlich en momentos de recibir el Premio Jerusalem 2006
Estimados amigos, no escapa seguramente a ninguno de Uds. la particular significación que tiene para mi este momento.
Recibir una distinción es siempre un momento singular. El premio Jerusalem es, sin duda, una distinción de gran y particular valor, por quien la otorga, por lo que representa y por quienes la han recibido anteriormente. Pero en lo personal, estar en este lugar de tan alta significación, ante la comunidad judía del Uruguay, me llena de emoción, me obliga a mira para atrás, hasta donde me alcanzan los recuerdos, pero también mirar para adelante y reafirmar opciones y compromisos, vínculos y afectos, familiares, comunitarios, sociales.
Es un momento especial, que me ha obligado a hacer una pausa, para mirar dentro de mi mismo y volver a mirar mi entorno, los entornos que me han acompañado, con toda la franqueza y juntando todo el coraje necesario para esos instantes en que un hombre siente que se resume toda su vida. Mirar para atrás reconociendo rostros, recordando palabras, buscando el sentido de la vida, el sentido del presente, una vez más. ¡Tantas veces nos planteamos estas preguntas! A lo largo de la vida hemos ido encontrando nuestras respuestas, pero las preguntas vuelven, tal vez sin el apasionamiento de las horas jóvenes, pero vuelven con toda su fuerza, con toda su vitalidad y conmueven como la primera vez, como todas las veces.
Es inevitable que esta intervención tenga un carácter muy personal. Entiendo que es un momento en que debo abrir mi corazón y mirar en mi vida frente a ustedes; recorrer la vida de un hijo de inmigrantes judíos, sus sueños, sus opciones, sus compromisos y su búsqueda, búsquedas de respuestas a preguntas que se renuevan a medida que pasan los años. Recuerdos personales, que son comunes a innumerables historias que pueden ser contadas muchas veces, pero que siempre se siguen renovando.
Este es un momento en el que debo también compartir una mirada sobre el camino recorrido, compartido en muchas partes del mundo y en horas diversas con hermanas y hermanos, hombres y mujeres diferentes; recibiendo mucho aquí y allí, habiendo acumulado una riqueza de afectos y de historias, de dolores, alegrías, sueños y también principios, cuyo valor siempre fue tal que no es posible guardarlo, es necesario traerlos al presente, compartirlos y actuar de acuerdo a ellos.
También quiero hoy compartir con Uds. reflexiones donde el pasado y el futuro se encuentran, se tocan, a través de la memoria y la identidad, individuales y colectivas.
Se afirma frecuentemente que sólo lo que no cesa de doler permanece en la memoria. ¡Cuántas preguntas atrás de esta afirmación! ¡Cuántas respuestas! El olvido parece a veces como un bálsamo para heridas que no cierran, para poder seguir adelante; pero también el olvido es pérdida. ¿Cómo se conserva la memoria? Memoria es identidad. Memoria es vida.
Uno de los significados del judaísmo podemos encontrarlo en esa fuerte relación entre memoria e identidad colectiva. Los escritos sagrados judíos reiteran una y otra vez los llamados al recuerdo, a la memoria. Simón Wiesenthal reiteraba “Siempre habrá judíos mientras recuerden. No hay pecado más grande que el olvido.”
El recuerdo, recordar, es la base de la construcción de una memoria histórica colectiva, que se vuelve identidad, identidad común. Su persistencia implica también renovación. La memoria histórica colectiva, anclada en referentes del pasado sólo se proyecta hacia el futuro cuando ella es abierta, cuando recibe, se comparte e incorpora nuevos referentes y nuevas generaciones. Estas pueden incorporar e incorporarse a esa memoria colectiva a través de vínculos diversos, que rompen barreras y entrelazan etnias y geografías y unen con nuevas raíces.
Echar raíces. Echar raíces es vivir, es una forma de vivir y crecer, para dar frutos.
¿Cómo se construye, cómo se define la identidad de un pueblo y sus sueños?
La historia del pueblo judío es la de la búsqueda del lugar en el mundo. Hay una tierra prometida, donde reina la alegría y la paz, la ciudad de la paz. El éxodo es partida, búsqueda, colectiva y también personal.
Echar raíces. El contacto con la tierra, el aprender a querer la tierra que uno pisa, el tener una tierra que querer, donde ser querido, donde erigir su morada, donde osar soñar, hace hacer suya la historia de quienes pisaron la misma tierra y que allí soñaron y construyeron. Pero también hay otros terrenos que unen a través de generaciones y es el de los sueños, el de los ideales. La tierra y los sueños crean entonces esos lazos transgeneracionales, que tejen, construyen, proyectan al futuro, pueblos y comunidades. Se renuevan compromisos y se sellan nuevos pactos colectivos e individuales.
Grandes hombres, grandes mujeres, gestas colectivas de esa tierra que se pisa, empiezan a formar parte de la propia identidad. El emigrante incorpora elementos de la tierra, aún conservando celosa, religiosamente sus tradiciones. Porque la naturaleza humana lo exige, lo determina.
Pero los siglos dejan huellas en los pueblos errantes.
A veces etnias, tradiciones, memoria colectiva de pueblos, se fusionan, se fecundan y la memoria y la identidad se disuelven y el pasado se olvida, se olvidan otras tierras y otras raíces. Pero en los nuevos frutos emerge viva, reaparece, la memoria. Y son los mismos frutos aunque el árbol haya echado sus raíces en otras tierras. Se precisa echar raíces para permanecer en los frutos.
La historia de la civilización está hecha de movimientos de comunidades y pueblos, de encuentros y confrontaciones de culturas, de diásporas y encuentros, de partidas y regresos. A través de Europa central unos, a través de la cuenca del Mediterráneo otros. Desplazamiento de comunidades dejando atrás pesadillas, movidos por los vientos de la intolerancia pero también por la esperanza, acercando culturas, creando puentes entre oriente y occidente primero, acercando el viejo y el nuevo mundo después. La diáspora y sus nombres, que definirán nuevas identidades y traerán nuevos olvidos. Y luego, el prodigioso regreso, reencuentro, nuevo camino y nueva búsqueda.
La tierra prometida está allí donde reina la alegría y la paz. La tierra prometida está allí donde construimos la alegría y la paz.
¿Cómo se construye, cómo se define la identidad de un pueblo y sus sueños?
Memoria e identidad.
Recordemos que la Hagadá de Pésaj, el relato de Pascua, enfatiza la importancia de las tradiciones y la memoria, ordenando “contarle a los hijos”, para mantener la identidad y la memoria a través del relato en un contexto de fiesta familiar de cargado simbolismo y al mismo tiempo señala que cada año se deberá revivir el relato como si en ese preciso instante se estuviera saliendo nuevamente de Egipto.
Memoria.
Los soportes de la memoria son muy diversos. Piedras, papel, paredes, hoy, nuevos soportes. También la ciudad es un soporte de la memoria. Pero memoria no es el libro, no es la piedra sola. Memoria es vida. Es piedra que mira, que toca, que lee, que siente el ser humano.
El registro es indispensable. Pero memoria es vida.
Piedra y documento son soporte, registro, testimonio de lo que fue; es la forma de asegurar que perdura la memoria para seguir siendo abierta en las nuevas generaciones, a través de las generaciones que vendrán.
Piedra y papel. Memoria. Permítanme leerles un pasaje de las palabras que tuve el honor de pronunciar hace algún tiempo en ocasión de una conmemoración del Ghetto de Varsovia
Memoria rescatada de los escombros del ghetto. Memoria conservada por sobrevivientes, en quienes muchas veces la afirmación de la vida se ha mezclado con el peso de sobrevivir y la misión de recordar.
En 1943, el III Reich emprende la liquidación final de los barrios judíos de toda Polonia. Surgen así las insurrecciones de los Ghettos de Varsovia y Bialystock, los movimientos de Vilno y Cracovia y los desesperados intentos en los campos de la muerte de Treblinka, Lwow, Sobibor. Solitarios y condenados por anticipado, todos esos combates fueron inicialmente sepultados por el manto de la ocupación. Pero siempre sobrevive la memoria, porque siempre hay un sobreviviente, una fuga, un escape a las maquinarias perfectas. Los sótanos, los túneles y las cloacas han jugado un rol mayor en la historia. Memoria de sobrevivientes…
Y también sobrevive la memoria por la escritura, por los documentos gráficos y por las piedras.
En Varsovia, los archivos clandestinos de Emanuel Ringelblum, capitales para la historia del ghetto, fueron enterrados en el mismo barrio. El ocupante continuó hurgando y minando sin descanso las ruinas, para destruir toda traza de memoria. Ringelblum sobrevivió milagrosamente a la insurrección del ghetto. Fue deportado al campo de Treblinka y logró fugarse. En abril de 1944, Ringelblum, su familia y otras 35 personas fueron fusilados.
¿Qué iría a pasar con la documentación de Ringelblum? ¿Cuantas cartas, cuantos informes, salieron del ghetto? ¿Cuántas cartas no llegaron?
Después de los 63 días de la heroica insurrección de Varsovia en agosto de 1944, Varsovia es demolida barrio por barrio.
El 19 de noviembre de 1946, los picos golpearon la primer caja metálica. Fueron primero 8, luego dos más. Nos las habían aislado bien. Fue un largo y paciente trabajo para recuperar la memoria.
Ringelblum dijo: “Cada uno de los colaboradores sabe que su esfuerzo, su pena, sus sufrimientos, los riesgos a que se expone… Sirven a un ideal elevado. Y que en los días de la libertad reconquistada, la sociedad apreciará su sacrificio”.
Más manuscritos fueron apareciendo en los escombros de la Varsovia destruida.
Memoria es vida.
¿Cómo se construye, cómo se define la identidad de un pueblo, de una nación?
La tierra de nuestra niñez. La lengua, el lenguaje de la ternura, con la entonación materna, familiar. La historia. Una historia heredada, pero también una historia que requiere ser elegida, una herencia optada. Una búsqueda compartida. La búsqueda de un lugar en el mundo. No podemos dejar de mencionar el rol central de la mujer en la historia judía y es tal vez Ruth, la moabita, la extranjera, que define mejor la esencia de la condición judía, cuando afirma , “tu pueblo es mi pueblo y tu Dios es mi Dios”, pero agrega: “donde tu morirás yo moriré”.
Memoria e identidad compartidas son elementos centrales en la definición de una nación. El concepto de nación está íntimamente ligado al territorio, a la tierra: raíces. Sin embargo, la historia de las diásporas – de los tiempos bíblicos a los actuales -sin duda agrega elementos de mayor complejidad. Lazos étnicos, lengua, tradiciones, referentes, sentimientos y emociones compartidos, historia común o historia asumida y, también sueños y proyectos compartidos.
La integración de las comunidades a nuevos contextos y la fidelidad a los sueños, así como el cuidado y el afecto a tradiciones y valores culturales, religiosos o filosóficos, siempre siguen complejos derroteros, sociales y personales. Toda sociedad crece y se enriquece con la diversidad; cultivarla e integrarla a la vez, ha sido y será siempre, un gran camino para construir el futuro de los pueblos. Es un elemento central de una sociedad, cuyo pilar principal debe ser el ser humano, su dignidad y su bienestar.
Los lazos se establecen y perduran a través de los siglos. Las estructuras de nación pueden ser más abiertas, más cerradas, pero los siglos hacen mella en ambas. Y los siglos crean derechos, pero crean también obligaciones. Proyectos y referentes que otrora fueran muy próximos, compartidos, pueden diverger y no entrar más en un mismo espacio. Aparecen líneas en el territorio, fronteras y murallas que separan y los hermanos se vuelven extraños, lejanos. ¿Cómo ver más allá del “nosotros” y del “ellos”? ¡Cuánto dolor, cuántas lágrimas, cuánta sangre!
Paz y dignidad es la tierra prometida.
¡Por la memoria entonces, por la esperanza, por la vida!
Permítanme pasar ahora, de acuerdo a lo comprometido al comienzo, a aspectos personales.
Una historia personal que son mil historias que se repiten, con sus matices; cada una es especial, singular, pero cada una es también todas. Una lengua diferente que se escuchaba en el hogar, pero sobre todo en casa de los abuelos. Más tarde descubriremos que el lenguaje genera identidad. Olores y sabores que aprendimos a querer, a disfrutar y a esperar cuando niños y que se compartían en momentos de alegría. Abuelos y padres de esos territorios que eran corredores en Europa Central, de fronteras cambiantes. Imágenes que fuimos reconstruyendo durante toda la vida, uniendo fragmentos de copas rotas, fragmentos de espejos y cristales rotos.
Una geografía que era muy diferente de la que aprendíamos en la escuela y el liceo. Nuestros mapas no coincidían con el recuerdo de nuestros abuelos.
Las guerras en Europa. El apocalipsis de la Primera Guerra Mundial, la vida de los jóvenes de tantas naciones que valía tan poco. Los testimonios de quienes vieron llegar a los cuatro terribles jinetes, los testimonios de quienes escucharon tempranamente el ruido de sus cascos en diversos rincones de Europa.
Luego vino ese período donde las cartas empezaron a no llegar, donde se exploraron los abismos más profundos del ser humano, donde se liberaron una vez más los demonios que tanto cuesta encerrar. Y volvieron con más fuerza, con más odio. Nuevamente se abrieron grandes heridas.
¿Cómo no ver la estela de los siglos en esas imágenes repetidas en Europa atrás de alambrados y barracones?
¿Cómo no sentirse renacer en cada sueño, en cada combate?
De niños, como tantos, empezamos a ver rostros con expresiones que nos costaba leer, descubríamos furtivamente números tatuados en la piel, en medio de pesados silencios. ¡Cómo me hubiera gustado preguntar, escuchar, compartir entonces! Luego, como tantos, empecé a conocer ese extraño sentimiento, ese extraño dolor del sobreviviente, que encontraría descrito, tan fuerte, por Primo Levi. Sentimiento que redescubrimos y nos acompañara, nos acompaña, en nuestro Uruguay, por nuestra historia, por nuestra gente.
La escuela, la escuela pública, protegido por una túnica y un gran moño azul, allí aprendí lo que era ser igual, ser un igual. Allí aprendí el valor de un maestro, de una maestra. Hoy, después de tantas cosas, de tantos quilómetros, encuentro que muchos de los caminos que he recorrido fue a través de puertas que ellos abrieron.
Muchos recuerdos de esa época, pero uno en especial, uno muy especial. La lectura de un texto de Stefan Zweig por la maestra de sexto año de escuela. Más tarde me reencontraría con Stefan Zweig, cuya obra recorrí a partir de aquel recuerdo. Encontré los rastros de su voz, de su humanidad, junto a la de tantos otros a quienes se uniría en su último gesto. La lectura que me marcara de manera indeleble fue la de la gesta de Scott en la conquista del Polo Sur contada en “Momentos estelares de la Humanidad”. El ser humano en la frontera de lo desconocido, ante la inmensidad de la naturaleza y dando lo mejor de si mismo frente a la adversidad. Sin duda mi propio itinerario científico ha quedado marcado por esa lectura escuchada cuando niño de la voz de una maestra.
Mi propio viaje iniciático a los trece años. El descubrimiento de un mundo que me multiplicaba las preguntas. Y un Uruguay que aún abría las puertas del país, del futuro a sus hijos. Así empecé a descubrir una historia judía y un mundo de injusticias a corregir, de dolores a compartir.
Al mismo tiempo una vocación se afirmaba y buscaba sus cauces aunque mi cabeza estuviera en mil cosas. Un temprano encuentro con Clemente Estable. La ciencia que me acompañará desde muy temprano a lo largo de toda la vida...
La ciencia una vida, una segunda naturaleza. También un producto de la de la enseñanza pública. Han pasado muchos años. En este inevitable esfuerzo de memoria al que me han invitado con esta distinción, aparecen con mucha fuerza las huellas de esa escuela pública, modesta, humilde, como tantas de esa época, en un barrio modesto y humilde, como tantos de esa época, donde un grupo de maestras y maestros forjaba el futuro. Más tarde, la Universidad de la República, donde me formé y aprendí a asumir las responsabilidades de un ciudadano. Después, muchos nombres, los de aquéllos a cuyo lado me formé, aquéllos con quienes compartí desafíos y exploraciones, años después se agregarán los nombres de los compañeros de sueños y proyectos en la reconstrucción de la plataforma científica nacional.
Respondí a un llamado, como tantos jóvenes, a construir una sociedad soñada, a elegir un lugar al lado de los más débiles. Tuve el privilegio de compartir un camino con hombres y mujeres excepcionales, un camino que se transformó en una forma de vivir, en una opción de vida.
Luego la cárcel y el exilio. De la primera, no puedo dejar de mencionar la enorme riqueza del encuentro y del descubrimiento de seres humanos que en situaciones extremas, muchas veces en forma íntima y solitaria, otras a la luz del mundo, daban la medida de su humanidad, de humanidad. Del exilio, el descubrimiento de otras sociedades, el reencuentro con sueños y valores, con historias, que convergían con los nuestros y los brazos abiertos de sociedades, naciones, países generosos. Y un lugar, una patria adoptiva, donde también eché y dejé raíces. Del exilio también, el descubrimiento de lo que significan las raíces. Todas.
Tejer, reconstruir una historia fragmentada por viajes, rupturas y encuentros. Historias de pueblos buscando su destino a través del mundo.
Un viaje, un encuentro con Israel, tardío, postergado. Como siempre, como a tantos y tantos, un fuerte impacto, un antes y después y asociado a un próximo cambio profundo en mi propia vida.
Finalmente, el presente; el desafío de la Intendencia. El regreso a la vida política. Un compromiso con el presente, con la gente. La importancia de asumir y cumplir con sus principios, de vivir de acuerdo a sus principios, de seguir el camino que encontráramos en nuestra juventud. La misma opción de vida que hoy nos hace sentir privilegiados por poder participar en un momento en que la sociedad mira al futuro con renovado optimismo, con confianza, en un momento donde entre todos desplegamos el mayor esfuerzo para abrir las puertas del futuro a las nuevas generaciones, más allá de nuestros diferentes sesgos para iluminar, la realidad, el presente y el futuro
Permítanme concluir con tres menciones.
La primera a la vida.
Vivir como si cada uno estuviera saliendo hoy de Egipto. Con la misma humildad, con la misma confianza en que nos espera, la tierra prometida. Y que escucharemos nuevamente el llamado de las trompetas, el llamado del shofar y sabremos responder.
En segundo lugar, a la familia.
Una vida que ha llevado a recorrer caminos diversos y a explorar múltiples fronteras implica fuertes impactos a la familia, a aquélla de donde venimos y a aquélla que fundamos. Permítanme entonces, ya en el final, reconocer y honrar a unos y otros, a algunos en la memoria, a otros a través de este testimonio público de reconocimiento y afecto.
Un tercer elemento, a las nuevas generaciones, a los jóvenes.
El despertar al mundo para un joven es un momento lleno de interrogantes, de preguntas. Siempre pensamos que para un judío había algunas preguntas adicionales. Pero todos tienen sus preguntas “adicionales”.
Las preguntas reaparecen a lo largo de la vida. Distintas. Con diferente fuerza, diferente emotividad tal vez. Hay que mantener el corazón abierto para seguir dando, exigiendo respuestas. Memoria es vida decíamos, por que la memoria requiere vida. Pero elegir es vivir.
Amigos, amigas, agradeciéndole vuestra distinción, permítanme saludarles celebrando la memoria, la esperanza y la vida.
¡Por la memoria! ¡Por la esperanza! ¡Por la vida!
Muchas gracias. |