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Senador Eduardo Ríos
[7/2/2007]

Palabras del Senador Rïos en el acto de recordación de las víctimas del Holocausto en el Parlamento nacional el 30 de enero pasado.

 

SEÑOR RÍOS.- Señor Presidente: antes de comenzar con la exposición  respecto al tema que nos convoca, queremos agradecer a los compañeros del Frente Amplio por darnos esta oportunidad, dada nuestra corta experiencia legislativa en un tema de tanta responsabilidad.

            Señor Presidente: en la actividad legislativa tenemos ciertos momentos gratos de enorme satisfacción personal cuando nos dirigimos en este Cuerpo a los distintos temas. Son esos momentos en que debemos informar sobre un proyecto de ley en que hemos trabajado denodadamente y que consideramos puede tener un impacto positivo para el bien común que siempre buscamos contemplar en la medida de lo necesario. Y también lo son aquellos momentos en que realizamos sentidos y merecidos homenajes a distinguidas personalidades del quehacer nacional o internacional.

Pero también tenemos de los otros, aquellos en los que la magnitud de los hechos a los que nos debemos referir deberían eximirnos de mayores comentarios, donde por más que expresemos nuestra firme voz de condena y reprobación, la misma nunca parecerá suficiente frente a actos tan reñidos con la conciencia y la moral, y donde hasta la propia riqueza de nuestra lengua no aparece tan vasta como para encontrar las palabras adecuadas; donde aparte, ya parece todo dicho y repetido, donde cuesta, obviamente, ser original, y no va a ser nuestra intención.

Sin embargo, es igualmente necesario referirse a los mismos. Doblemente necesario, me atrevería a decir, porque si por repetidos dejásemos de recordarlos y mencionarlos, estaríamos entonces cometiendo el pecado de omitirlos, de desconocerlos, de permitir que poco a poco la desmemoria nos gane. Y hay hechos de la historia ‑nacional e internacional- sobre los cuales tenemos un deber ético, político y social de no permitir ni dejar que se pierdan en la bruma de los tiempos.

 

El tema que hoy nos convoca, el Holocausto, es uno de esos hechos. Posiblemente, pocos acontecimientos en la Historia universal resultan tan atroces, bárbaros y repugnantes como este asesinato en masa llevado a cabo en forma industrializada y burocratizada. Organizado en forma sistematizada para terminar con la vida de cientos de miles de personas por la sinrazón de considerarlos pertenecientes a una raza “inferior” o ser individuos “deficientes”. Es el siglo XX, un siglo que será tristemente célebre por la cantidad y crueldad de los genocidios perpetrados en su curso,  el peor y más famoso de todos los de su clase.

Aun hoy en día, a más de 60 años de ocurrido el Holocausto, resulta difícil comprender las causas que pudieron llevar a cometer actos tan reñidos con la condición humana, que demuestran cuan bajo puede caer el Ser Humano en su escala de valores y en su desprecio por el prójimo.

Como muy bien escribió el sobreviviente del Holocausto y Premio Nobel de la Paz, Elie Wiesel: “Aunque no todas las víctimas eran judíos, todos los judíos eran víctimas. Los judíos estaban destinados a su eliminación por el solo hecho de haber nacido judíos. Estaban condenados no por haber hecho, proclamado o adquirido algo sino por ser quienes eran, hijos e hijas de judíos, y por ello fueron sentenciados a muerte colectiva e individualmente”…

Para comprender cómo se llega al Holocausto, es necesario tener en cuenta la ideología que le brindó sustento y base teórica: el nazismo. El nazismo puede ser definido como un tipo de fascismo, ya que surge después que dicha ideología en Italia, tomando muchas de sus características y postulados, como ser: la dominación por parte de las élites o minorías selectas, la jerarquía, la férrea disciplina, la concentración de poderes, el sentido de predestinación, y el predominio absoluto del Estado y la Nación con el partido único.

A este curioso y peligroso cóctel, le agregó –como toque personal- el racismo, el anti-semitismo y la teoría del “espacio vital” donde debería desarrollarse el pueblo alemán.

La teoría, en realidad, fue formada sobre la marcha y sacando de contexto ideas y teorías de pensadores alemanes, de otras nacionalidades, e incluso de la mitología germana y nórdica. Fue de esta última de donde obtuvieron el concepto semimístico del Estado-gobierno y la predestinación del pueblo germano para cumplir una misión rectora sobre el resto de las naciones. De Hegel tomaron la idea del “espíritu o genio de la nación” que a través de los individuos es “el verdadero creador del arte, de la ley y de la religión de un pueblo”. De Nietzche, obviamente, se extrajo la noción del “superhombre predestinado”, cuya grandeza lo ubicaba por encima de toda norma social, ya fuera jurídica o ética; mientras que de Schopenhauer tomaron su idea de la “voluntad”, que sería la fuerza incontrastable más potente que el intelecto y la razón y que mueve a la naturaleza y a la vida humana. Finalmente, el Darwinismo Social y las tesis racistas del francés Joseph Arthur de Gobineau y el inglés Houston Stewart Chamberlain, les sirvieron para fundamentar su concepto de las minorías selectas y la supuesta superioridad de la raza aria sobre todas las demás.

Con estos componentes nacionalistas, populistas, demagógicos y racistas; gracias a su denuncia del Tratado de Versalles y la promesa de reintegrar el territorio y las colonias alemanas, de suspender el pago de las deudas de guerra, y argumentando que su fuerza era la única opción frente a la posible unión de los bloques comunistas de la URSS y Alemania, fue que el Partido Nazi ganó las elecciones parlamentarias de 1932 solamente con un tercio del total de votos y Hitler fue nombrado Canciller por el Presidente Hindenburg.

             Es así que se inician los años de la preguerra y esta llegada al poder fue el comienzo del terror nazi, aunque muchos en esa época hicieron la vista gorda o no lo quisieron o supieron ver.

Apenas asumido el poder, invocó cláusulas especiales de emergencia que le permitieron suspender las libertades individuales, de prensa, de expresión y de asamblea. Las tristemente célebres GESTAPO y SS arrestaron ‑e incluso asesinaron‑ a líderes de partidos políticos de la oposición: comunistas, socialistas y liberales de la época.

Desde el primer momento también comenzaron a aplicar sus teorías raciales, fundamentalmente contra los judíos, que en ese momento eran unos 525.000 en toda Alemania, lo que equivalía a menos del 1% de la población total. De este modo, aprobaron leyes que forzaron a los judíos a dejar sus trabajos como funcionarios públicos -desde la administración, pasando por la Universidad, los Tribunales, etcétera-, y se estableció un boicot contra los negocios judíos. Junto a esto, se encargaron de esparcir propaganda acusándolos de haber monopolizado “arteramente” el control de los negocios, de haber negado aportar su sangre a la causa alemana en la Primera Guerra Mundial, además de ser los autores del “marxismo, de la democracia, del mercantilismo y de los postulados negativos del amor y la humildad”.

En abril del 33, se prohibieron las actividades de los Testigos de Jehová –de los que se estima había unos 25.000 en Alemania- ya que sus actividades religiosas les prohibían jurar y prestar servicio al Estado alemán. Muchos de ellos fueron enviados a prisión y perdieron sus empleos y prestaciones sociales.

Por si fuera poco, en esa época comenzaron a desarrollar sus prácticas de eugenesia, para propiciar el “desarrollo selectivo” de la raza humana. Mediante leyes emitidas entre 1933 y 1935, establecieron programas de esterilización involuntaria para individuos considerados “inferiores”. Unas 350.000 personas calificadas como disminuidos físicos o mentales fueron sometidos a procedimientos de cirugía o radiación para que no pudieran tener hijos; más de 30.000 gitanos sufrieron el mismo destino. Ni judíos, ni gitanos, ni negros podían casarse con personas alemanas.

Cabe recordar que si bien llegó al poder por la vía legal, en 1934 Hitler se convirtió en gobernante de facto, en Dictador. Esto aconteció cuando falleció Hindenburg. Hitler asumió entonces la doble función de Canciller y Presidente, esto es, de Jefe de Gobierno y de Estado, posibilidad que estaba terminantemente prohibida por la Constitución alemana de la época.

En 1935, se aprobaron las infames leyes de Nuremberg, que convirtieron a los judíos en ciudadanos de segunda clase. Las primeras leyes dirigidas contra los judíos no incorporaban aún una definición del ser judío, sino que señalaban a  “no arios” en general. La definición finalmente adoptada fue la siguiente: judío era quien tuviera al menos tres abuelos judíos, fuera cual fuera la religión de la persona interesada. Quienes tuvieran dos o un abuelo judío eran considerados “medio judíos”. Aquellos con dos abuelos judíos, lo eran en 2º grado y podían ser reclasificados como judíos en función de complejas consideraciones y podían también ser “liberados” de su condición y convertirse en arios en pago a los servicios prestados al régimen, o seguir siendo “medio judíos”, en cuyo caso estaban sometidos a ciertas restricciones por no ser arios, aunque no a tantas como lo estaban los judíos.

De esta forma, los líderes nazis  lograron definir claramente quién era judío y quién no, según esa macabra mente, de manera que pudieron establecer criterios más estrictos para la segregación racial. Como bien lo definió Hanna Arendt, los líderes nazis cambiaron de esta forma el concepto de “judaísmo” por el de “judeidad”. ¡Vaya diferencia!

Ese mismo año, se revisó y reformó el Código Penal. En el mismo se estableció que la mera denuncia de un hombre como homosexual podía resultar en su arresto, juicio y condena, lo que también inhabilitó a una cantidad de seres humanos.  

 

 

El 9 de noviembre de 1938 se produjo en Alemania y Austria la fatídica e ignominiosa “Noche de los Cristales Rotos”, dirigida contra ciudadanos judíos de ambos países. El lúgubre saldo que arrojó esa noche fue de casi 100 judíos asesinados, el arresto de más de 20.000 que fueron enviados al campo de concentración de Dachau, la destrucción de más de 1.600 sinagogas -prácticamente el total de las que había en Alemania y Austria- y 7.000 negocios propiedad de judíos, y actos vandálicos en hogares judíos.

El ataque fue pensado para que pareciera un acto espontáneo, pero de hecho fue orquestado por el gobierno alemán. Esto significaba que el mando del Partido Nazi estaba de acuerdo y, como hacía a menudo, utilizó la organización del partido aparte de la autoridad del gobierno.

Por si fuera poco, señor Presidente, luego de estos hechos y siendo ellos las víctimas de la violencia desatada, el gobierno nazi los forzó a pagar una multa colectiva de mil millones de marcos. Esa noche marcó el comienzo de una nueva fase de las actividades antisemíticas del nazismo y los aparatos estatales, conduciendo a la deportación y,  finalmente, al exterminio de la mayor parte de los judíos que vivían en Alemania. Aunque pocas personas lo supieran entonces, La Noche de los Cristales Rotos fue el primer paso en la persecución sistemática y el asesinato masivo de judíos en todas partes de Europa y, por tanto, el paso previo e iniciático del  Holocausto.

El 1º de setiembre de 1939, Alemania invadió Polonia dando inicio a la Segunda Guerra Mundial. Luego de destrozar la endeble resistencia del ejército polaco, los nazis comenzaron su plan para destrozar la cultura polaca y esclavizar a los propios polacos, a quienes consideraban “infrahumanos”. A tal efecto, comenzaron por matar a los principales líderes y dirigentes polacos: profesores universitarios, artistas, escritores, políticos y sacerdotes católicos fueron masacrados por las tropas de asalto nazis.

Como consideraban a Polonia parte de su “espacio vital”, también desplazaron a una ingente cantidad de polacos y afincaron a familias alemanas en las tierras vaciadas, al mismo tiempo que secuestraron a unos 50.000 niños de “aspecto ario” que llevaron a Alemania para que fueran adoptados.

Al comienzo de la guerra, Hitler ordenó implementar el programa “Eutanasia”, que lisa y llanamente consistía en  matar a todos los pacientes internados en instituciones que fueran calificados de disminuidos o “incurables”. Los condenados fueron transferidos a seis instituciones de Alemania y Austria, donde habían instalado cámaras de gas para matarlos.

Como vemos, este programa ya contenía todos los elementos que requería un asesinato en masa, y exhibió las características que luego tendría el Holocausto aplicado especialmente a los judíos: la decisión de aniquilar a una población claramente definida, el personal especialmente entrenado para cumplir ese fin, las condiciones técnicas necesarias para llevarlo a cabo, y el uso de un lenguaje eufemístico –como la palabra “eutanasia”- que disfrazaba las verdaderas motivaciones y el carácter de los crímenes.

En los meses que siguieron a la invasión alemana de la Unión Soviética  ‑iniciada el 22 de junio de1941- los judíos, los líderes políticos comunistas y muchos gitanos fueron muertos en fusilamientos masivos. Estas muertes se llevaron a cabo en lugares improvisados en la Unión Soviética y las ejecutaron los equipos móviles de matanza que seguían a los ejércitos alemanes en sus invasiones. El más famoso de estos sitios era Babi Yar, cerca de Kiev, donde se estima que alrededor de 33.000 personas  ‑principalmente judíos- fueron asesinadas en un período de dos días. El terror nazi se extendió a los disminuidos recluidos en instituciones y a los pacientes psiquiátricos en la Unión Soviética, y también a los prisioneros de guerra soviéticos. Se calcula que los nazis ejecutaron a cerca de tres millones a lo largo de la guerra.

Poco después de la invasión de Polonia, se instaló el sistema de ghettos en ese país. Unos tres millones de judíos polacos fueron forzados a ir aproximadamente a 400 ghettos nuevos que se habían establecido para segregarlos del resto de la población. Grandes cantidades de judíos fueron también deportados de otras ciudades y países, incluyendo Alemania, a ghettos y campos en Polonia y en los territorios ocupados por Alemania en el este.

Los judíos fueron de esta forma confinados en ghettos cerrados donde el hambre, el hacinamiento, el frío y las enfermedades contagiosas mataron a miles de personas. Los ghettos también proporcionaban un fondo de mano de obra forzada para los alemanes y muchos trabajadores forzados -que trabajaban en cuadrillas de carreteras, construcción y otros trabajos pesados relacionados con el esfuerzo alemán en la guerra- murieron de agotamiento o maltrato.

            Podría hablar aún más de esta historia triste, pero el tiempo de que disponemos nos lleva a ubicarnos en una fecha imprescindible. Me refiero al 20 de enero de 1942, cuando se llevó a cabo la Conferencia de Wannsee, liderada por Reinhard Heydrich “el carnicero de Praga”, donde altos funcionarios nazis discutieron el tema de "la solución final de la cuestión judía".

De este modo, desde ese año y hasta 1944, los alemanes comenzaron a eliminar los ghettos en Polonia y otras partes, deportando a sus residentes hacia los seis campos de exterminio seleccionados. Los mismos eran: Belzec, Sobibor, Treblinka, Chelmno, Majdanek y Auschwitz; todos ellos fueron seleccionados por su cercanía a las vías férreas y por su ubicación en áreas semirrurales escasamente pobladas. También se estableció un séptimo campo de exterminio en la actual Bielorrusia, Tostenets, menos conocido que los de Polonia; y el régimen títere de Croacia también puso en marcha su propio campo de exterminio: Jasenovac.

Aun hoy, la sola mención de estos nombres infames es suficiente para causar asco, horror, espanto y repulsión en la mayoría de la gente. Chelmno fue el primer campo en el que se llevaron a cabo ejecuciones en masa usando gas. Al menos 152.000 personas fueron muertas allí entre diciembre de 1941 y marzo de 1943 y entre junio y julio de 1944. Sobibor comenzó a operar en mayo de 1942. Allí fueron enviados sobre todo judíos soviéticos capturados en el Frente del Este, transportados en trenes de ganado en muy duras condiciones. El sistema para lograr que entrasen a la cámara era hacerles creer que se trataba de duchas de desinfección. De esta manera infundían confianza a los presos. Se calcula que 250.000 personas murieron en Sobibor, en su gran mayoría judíos.

En Belzec fueron muertas alrededor de 600.000 personas entre mayo de 1942 y agosto de 1943, mientras que en Majdanek se calcula que murieron más de 300.000 judíos.

Es muy fuerte tener que describir esta parte de la historia y mantener, por lo menos, un grado de racionalidad. Hay algunos otros datos que no los voy a mencionar ya que creo que colaboro reservándomelos, sin dejar de decir lo sustantivo como para que el olvido no se apodere de estos elementos.

Treblinka comenzó a operar en julio de 1942 y estuvo en funciones hasta octubre de 1943.

Al comienzo del proceso, un oficial de caja se encargaba de recolectar el dinero y las joyas para “guardarlas en un lugar seguro”. Había una pequeña barraca con el símbolo de la Cruz Roja. Ahí, los prisioneros eran llevados a la orilla de una hoguera para ser quemados. Tenían que hacer este viaje desnudos antes de que les dispararan detrás de la cabeza.

Muy al comienzo, la gente era enterrada en fosas comunes y en otras situaciones que vamos a obviar.

Señor Presidente: si esta descripción de los hechos tal como se produjeron es suficiente para enervar los ánimos y para helar la sangre ante tantas atrocidades, crímenes e injusticias cometidas, me pregunto cuánto más será referir la realidad por boca de un directo involucrado.

Un funcionario de las SS –Franz Suchomel-, que se encontraba en agosto de 1942 en Treblinka expresó: “Cuando llegué, Treblinka estaba operando a toda su capacidad. El ghetto de Varsovia estaba siendo vaciado para entonces. Tres trenes llegaron en dos días, cada uno con tres, cuatro, cinco mil personas a bordo, todas de Varsovia... Así que llegaron tres trenes, y desde que la ofensiva contra Stalingrado estaba en su apogeo, las cargas de judíos eran dejadas a un lado de la estación de tren. Lo que es más, los carros eran franceses, hechos de acero. Así que mientras cinco mil judíos llegaban a Treblinka, tres mil morían en los vagones. Tenían las muñecas cortadas, o simplemente estaban muertos. De los que bajaban del tren, la mitad estaban muertos y la otra mitad locos. En los otros trenes que venían de Kielce y otras partes, al menos la mitad estaba muerta. Los apilábamos [en la rampa]. Miles de personas apiladas una encima de la otra en la rampa. Apiladas como madera. Además de esto, otros judíos, aún vivos, esperaban ahí por dos días: las pequeñas cámaras de gas no podían dar abasto. Funcionaron día y noche durante aquel período”.

Fíjense, señor Presidente y señores legisladores, la frialdad y el desapego con el que un directo involucrado en las ejecuciones masivas se refiere al proceso de exterminio de esta naturaleza, como si se hubiera limitado a llevar a cabo una tarea rutinaria y burocrática cualquiera cuando, en realidad, estaba colaborando en la aniquilación de miles de seres humanos el día en que relataba esos hechos.

En total, se estima que unas 850.000 personas fueron asesinadas en el campo de exterminio de Treblinka.

             Este procedimiento de aniquilación se anexaba al ocultamiento, lo que lo hace más vil, si es que puede haber algo peor que esto.

Fue el último de los campos de exterminio en ser cerrado. El 17 de enero de 1945, se inició la evacuación de Auschwitz y la mayoría de los prisioneros debió marchar hacia el oeste. Aquellos demasiado débiles para caminar fueron dejados atrás. Finalmente, cerca de 7.500 prisioneros fueron liberados por el Ejército Rojo. El número exacto de personas asesinadas durante el Holocausto no se ha podido determinar, aunque se estima el número total de víctimas entre 11.000.000 y 12.000.000, de las que aproximadamente 6.100.000 eran judíos, siendo el resto gitanos, prisioneros de guerra, eslavos, opositores políticos, homosexuales, así como disminuidos físicos y mentales.

No debemos, antes de terminar este pequeño resumen, olvidar la resistencia con que este pueblo enfrentó la situación. Permítaseme recordar, en medio de tanto terror, algunas luces que surgieron en medio de tanta oscuridad, gestos heroicos y llenos de desesperado arrojo y valentía, así como otros más sutiles pero no menos exentos de coraje y gallardía.

Antes que nada, quiero recordar al valiente y dignísimo ejemplo que marcó el levantamiento del ghetto de Varsovia entre el 19 de abril y el 16 de mayo de 1943, posiblemente condenado al fracaso desde su mismo inicio debido a la enorme desproporción de fuerzas y medios técnicos, pero que igualmente significó un grito de rebelión, de libertad frente a las atrocidades de los torturadores y asesinos.

En el campo de concentración de Sobibor, se produjo el mayor escape de prisioneros judíos, en el año 1943, que arrojó como resultado el desmantelamiento total del recinto, al punto tal de que a fines de ese mismo año no quedaban restos de la construcción.

También en Treblinka se produjo una gran revuelta, en agosto de 1943, y los rebeldes fabricaron pequeñas armas, rociaron con queroseno todos los edificios y los incendiaron. En la confusión, muchos alemanes fueron asesinados, pero aún más prisioneros perecieron. De 1.500, solamente 12 sobrevivieron a la revuelta. Sin embargo, arrojó como resultado que también Treblinka suspendiera sus macabras operaciones.

Asimismo, en Auschwitz, cerca de 700 prisioneros intentaron escapar, lográndolo casi 300. Permanentemente existía esa resistencia, pese a la desigualdad notoria.

En la mayoría de los países satélites u ocupados por los nazis la resistencia judía se concentró en la ayuda y el rescate. Las autoridades judías en Palestina mandaron paracaidistas clandestinos a Hungría y Eslovaquia para ayudar a los judíos. En Francia, varios elementos de la resistencia judía se juntaron y formaron El Ejército Judío. Muchos judíos lucharon en los movimientos nacionales de resistencia en Bélgica, Francia, Italia, Polonia y otros países de la Europa oriental.

En febrero de 1941, la población holandesa montó una huelga general contra los arrestos y el tratamiento brutal que se daba a los judíos. En mayo de 1942, agentes checos asesinaron a Reinhard Heydrich, ya nombrado como principal ideólogo de “la solución final”. En venganza, los nazis fusilaron a todos los hombres del pueblo de Lídice.

En el otoño de 1943, la resistencia danesa, con el apoyo de la población local, rescató a casi toda la comunidad judía de Dinamarca, en un dramático viaje en barco hasta la segura y neutral Suecia en aquel momento.

Existen otros ejemplos de valor individual, de personas que arriesgaron sus vidas para salvar a los judíos y a otros individuos perseguidos por los nazis. Uno de los más famosos fue Raoul Wallenberg, un diplomático sueco que jugó un importante papel en algunos de los esfuerzos hechos para rescatar a miles de judíos húngaros en 1944. Otro ejemplo famoso es el del empresario alemán Oskar Schindler, quien logró salvar la vida de aproximadamente 1.200 judíos.

Obviamente, no podemos soslayar el hecho de que no se puede ser original frente a un suceso de la Historia tan contundente y conocido, pero deseamos hacer un comentario final.

Estos fueron los hechos, tal cual acontecieron. Espero que me sepan disculpar si herí la sensibilidad de alguno de los presentes al describir los mismos con crudeza; pero, repito, lo hice tal cual sucedieron, y creo que cualquier relato, cualquier descripción, y hasta la imaginación misma, quedan cortos en relación a lo que fue la realidad. Tenía mucha razón el ex Secretario General de la ONU, Kofi Annan, cuando declaró que el Holocausto, la shoa, “es un crimen contra la humanidad que desafía a toda imaginación”.

Dado el poco tiempo de que disponemos, vamos a tratar de centrar nuestra alocución en algunos elementos sustantivos. Hay quienes sostienen que el Holocausto es la máxima negación de la civilización y de la condición humana. Si bien no soy filósofo, discrepo con esa idea, porque entraña el peligro de desligar de la Humanidad lo que pasó, de tratar de desentenderse y de “lavarse las manos”. Reitero que no estoy de acuerdo con ello y sostengo que el Holocausto es tan humano como los avances científicos de los últimos 50 años. Lo que sucede es que el ser humano tiene su lado más negativo, pérfido y siniestro. Es la parte de nuestra humanidad que, como Humanistas que somos debemos combatir, de la que debemos estar siempre atentos y vigilantes, siempre dispuestos a denunciar cuando amenaza salirse de control. Si algo debemos aprender  como lección de todo esto es que no es válido ni posible mirar para el costado frente a un horror que nos ataca en nuestra propia dignidad y conciencia, porque tarde o temprano nos afectará directamente y deberemos rendir cuenta, tanto  frente a las futuras generaciones como a nosotros mismos.

En 1948, tres años después del fin de la Segunda  Guerra Mundial, fue aprobada en París la Carta de la ONU, con la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que establece la universalidad en materia de  derechos humanos, así como el hecho de que todo individuo tiene derecho a levantar la voz cuando sus derechos o los de sus vecinos son violados, sin importar el lugar donde se encuentre.

Es cierto que aún estamos lejos del cumplimiento real y efectivo de esta declaración, y que no se puede imponer su cumplimiento a los Estados; pero es un primer paso en la construcción de una nueva Humanidad, una en la cual los derechos humanos y el respeto sean el principio rector de las relaciones entre Estados e individuos; entre Estados y  Estados y entre individuos e individuos.

Es, tal vez, el mejor homenaje que se les pudo ofrendar a las víctimas del Holocausto, porque es un llamado, un consenso universal para evitar que se repitan nuevos holocaustos; y en caso de que se repitan, sus ideólogos y ejecutores deberán atenerse a las consecuencias.

En este día tan especial, aceptando y partiendo de la diversidad como eje central de la vida humana, tal como sostenía el sociólogo Bakunin hace ya más de un siglo, “la uniformidad es la muerte, la diversidad es la vida”. Tenemos que saber vivir y crecer en la diversidad.

En este día tan especial, estamos honrando a la vida, a la riqueza de la diversidad. Es una comunión en torno a un conjunto de valores compartidos por seres humanos con ideologías y pensamientos distintos sobre muchas otras cosas pero, en este caso, estamos embarcados en un proyecto común: decir claro y bien fuerte que NUNCA MÁS deben producirse en nuestras sociedades este tipo de atrocidades, de masacres, de genocidios, de holocaustos. Porque decirle nunca más a todo eso es decirle que sí y reafirmar día a día nuestro compromiso con la convivencia plural y colectiva, con la tolerancia y el respeto al prójimo. Es, en definitiva, reforzar los valores democráticos y humanistas, que no es otra cosa que reforzar la VIDA.

Muchas gracias.

(Aplausos en la Sala y en la Barra)

 

 

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