Palabras del Senador Dr. Sergio Abreu, Premio Jerusalem 2007 [13/6/2007] DISCURSO DEL DR. SERGIO ABREU
ENTREGA DEL PREMIO JERUSALEM
12 DE JUNIO DE 2007
Señor Vicepresidente de la República;
Señores ex presidentes de la República,
Doctores Luis Alberto Lacalle y Julio María Sanguinetti;
Señor senador Jorge Larrañaga Presidente del Directorio del Partido Nacional;
Señores Legisladores;
Señores Ministros de la Suprema Corte de Justicia;
Señor Embajador del Estado de Israel;
Señores Representantes Diplomáticos;
Señor Presidente de la Organización Sionista del Uruguay;
Autoridades de Organizaciones Judías;
Señores Galardonados con el Premio Jerusalén
Dr. Enrique Beltrán;
Amigas y amigos:
Cuando la Organización Sionista del Uruguay me visitó, ignoraba que era para anunciarme que se me había otorgado el Premio Jerusalén. Recibí la noticia con emoción y sentimiento. Pero sobre todo, con el peso de un enorme desafío. El desafío de volver a reflexionar acerca del significado de Jerusalén, del pueblo hebreo y del Estado de Israel; de las razones por las cuales ellos me despertaron desde temprano sentimientos de cercanía, solidaridad y admiración, y de analizar el impacto que han tenido en mi pensamiento y en mi vida.
Es una reflexión que únicamente puedo llevar adelante desde mi condición de uruguayo, de cristiano y de ciudadano comprometido políticamente con mi país. Y ello porque es inevitable, para mí, pensar siempre en función de estas definiciones, ya que el Uruguay y su gente son el eje de mis preocupaciones, de mi accionar y de mis sueños.
Y fue al reflexionar acerca del poder de los sueños que encontré el origen del primer impacto que tuvo en mí el pueblo de Israel.
Las utopías –esas ideas con que los hombres nos elevamos- son producto de los sueños. Y si algo es el Estado de Israel, es la realización de un sueño, de una utopía.
¿Debemos creer, como Churchill, que la historia es, principalmente, el registro de crímenes, desatinos y miserias de la humanidad? ¿Es un sueño romántico o utópico imaginar y trabajar por un mundo en el que puedan realizarse esos valores que estimamos indispensables para poder vivir en libertad, tolerancia y paz? Creemos enfáticamente que no.
La existencia del Estado de Israel es la comprobación de que los hombres no pierden la capacidad de soñar, ni aún en medio de la peor adversidad; y que si bien, los seres humanos hemos cometido las atrocidades más inimaginables, también somos capaces de trascender nuestra imperfección y hacer realidad una utopía.
El lejano y precoz planteo de Theodor Herzl, cargado de componente utópico, se resumió en dos objetivos: hacer efectivo el derecho de la nación hebrea a su independencia y soberanía, y darle al pueblo judío su centralidad y su propio territorio. Por eso, la existencia del Estado de Israel es una invitación al optimismo y a la esperanza. Un esfuerzo de comprensión que nos lleva a la necesidad de ahuyentar nuestros miedos, ya que las personas comunes, que somos todos, vivimos bajo una permanente incertidumbre que acrecienta nuestros miedos y temores.
Dice Edmund Burke “ningún sentimiento roba más completamente a la mente sus poderes de pensar y actuar, que el miedo.” El miedo paraliza. Y cuando encuentra su asidero en causas reales y tangibles, cuando está hecho de siglos de persecución, de pogroms y campos de concentración, resulta casi milagroso que un pueblo haya tenido la capacidad de superarlo a partir del optimismo y de la utopía.
El optimismo es una forma de heroísmo; la única base válida para analizar la realidad, el que inspira grandeza de ánimo y la realización de acciones extraordinarias; el que nos hace confiar en la fortaleza de nuestros valores y proyectos. La fuerza que nos lleva a superar todos los obstáculos.
No se trata de una convicción aplicable únicamente al comportamiento personal individual. También es el capital espiritual de una nación. Una nación dividida, se torna frágil y vulnerable.
El pueblo judío nos ha venido enseñando, durante miles de años, algo que hoy la psicología social postula y aplica: que la capacidad de llevar adelante un proyecto de país dependerá de la medida en que se encuentre fortalecido o debilitado el sentimiento de pertenencia e identificación a una colectividad. Una comunidad que sirve de referencia y de amparo, que tiene una historia de ritos y festejos comunes, un sentido compartido de lo trascendente y que camina unida en una dirección cierta, compartiendo una visión acerca de sí misma, tarde o temprano concreta sus anhelos.
Por eso, no es casual que los lazos espirituales profundos y consistentes que han unido a la nación judía a pesar de la diáspora tengan en mí, como uruguayo, un impacto tan grande; un hondo respeto y también un sentimiento de admiración ante un pueblo que mantuvo viva su identidad nacional a pesar de haber sido diezmado por el odio.
Somos los uruguayos una nación muy joven si nos comparamos con Israel, pero una nación que también supo reconocer su propia identidad y definir su lugar en el mundo.
Al hablar de nación y de comunidad, se cambia la perspectiva desde la cual se mira a un país. El Estado deja lugar a la sociedad, los gobernantes dejan lugar a la gente, la solidaridad tiene más cabida que los dogmatismos y la intolerancia.
El sentimiento de pertenencia colectiva es el que en última instancia legitima el sacrificio de intereses sectoriales o individuales, para la atención de las necesidades de otros, permitiendo que los sacrificios exigidos a algunos sean percibidos y aceptados por el beneficio que aportan al bien común.
Entonces, ¿cómo no recurrir al ejemplo de un pueblo que generó e hizo realidad una utopía nacional, a pesar de vivir tantos siglos de infortunio? ¿Cómo no admirar a un Estado y sus sucesivos Gobiernos representativos, que aún sometidos a la vorágine de la violencia y los conflictos armados, mantuvieron siempre un funcionamiento democrático pleno y vigente el principio de la libertad? La democracia del Estado de Israel es una democracia auténtica que ha ido mucho más allá que la mera formalidad de las instituciones.
Es sencillo –a pesar de que muchos no lo logren- respetar la democracia en tiempos de paz y prosperidad. Pero no ha sido fácil para los sucesivos Gobiernos de Israel. Sin embargo, nos han demostrado que un país puede ser conducido en medio de una lucha cotidiana por la sobrevivencia, sin necesidad de atropellar las leyes, cercenar las libertades individuales o acallar a quienes disienten. No se trata de que siempre haya acordado con la política o actos de todos los Gobiernos israelíes. Pero mis profundas convicciones democráticas y mi condición de parlamentario no pueden dejar de reconocer, con admiración, un Knesset que hasta el día de hoy, cobija en su seno todas las tendencias e ideologías en su expresión más lúcida.
Son muchas nuestras similitudes.
Los pioneros que fueron llegando a Palestina en sucesivas Aliyah lo hicieron desde países distintos. También los refugiados e inmigrantes que en las décadas siguientes a la Segunda Guerra Mundial formaron el Estado de Israel. Todos traían distintas culturas, hablaban idiomas diferentes, tenían visiones políticas diversas. Pero se sentían dueños –ya no víctimas- de su destino, por una razón fundamental: ya no estaban dispersos, sino unidos y compartían no sólo un pasado común, sino también un presente que los obligaba a modificar la realidad cada día.
El Uruguay comparte esa condición de crisol de distintas nacionalidades, que si bien nos hace pensar como uruguayos, también nos hace comprender la importancia del sincretismo que se produjo en nuestra sociedad y la movilidad social que permitió que la igualdad no quedara resumida a un acto declamatorio.
Las distintas colectividades que se incorporaron a nuestro país a partir de sus propias culturas y valores, contribuyeron a forjar el Uruguay en su propia identidad nacional. Cada ciudadano de nuestro país tiene su historia –como la tengo yo como hijo de inmigrante – y ha incorporado a la sociedad un sentimiento de pertenencia que lo identifica con los valores que definen el Estado oriental.

Esa diversidad nos ha hecho permeables y dispuestos al cambio; ha sido la mejor barrera contra sentimientos de fanatismo que tanto inmovilizan y son fuente de odio, intolerancia y conflicto. Y ha permitido, por ende, que las sociedades del Uruguay y de Israel sean profundamente humanistas, democráticas, tolerantes, comprometidas con el respeto de los derechos humanos, compartidos por todos los hombres y mujeres más allá de su pertenencia a cualquier raza, religión o nación, consagrados en la Carta de las Naciones Unidas, en 1948.
En ese mismo año se creó el Estado de Israel. ¿Cómo podía ser ajeno el Uruguay a su creación? ¿Cómo hubiera podido nuestro país sustraerse a su obligación moral de rechazar y sepultar aquella ominosa resolución que equiparaba al sionismo y al racismo? Esos votos del Uruguay en las Naciones Unidas enorgullecen hasta hoy a todos los uruguayos. Y esto responde a que los valores que ambas naciones compartimos, están en la base ética de nuestras sociedades. El hilo conductor de nuestras convicciones ha permanecido inalterable en el tiempo, como testimonio de una política permanente.
El gran patrimonio de los Estados se construye no sembrando lo que no se quiere cosechar mañana, no utilizando la represión para conseguir más libertad, no aumentando la violencia para librarse algún día de la violencia, no favorecer la mentira como el instrumento idóneo para construir la verdad del futuro.
Fernando Savater, en su antológico “Política para Amador” refuerza esta idea sosteniendo que “lo mejor es conocer el pasado, ocuparse mucho del presente y solo un poco del futuro”.
Ni el pueblo uruguayo ni el pueblo judío pueden darse el lujo de desconocer la obligación de construir su destino todos los días. Franz Kafka en uno de sus cuentos afirmaba: “por favor deja que el futuro siga todavía durmiendo como merece. Ya que si uno lo despierta antes de tiempo tiene entonces un presente dormido”.
Por eso, el premio Jerusalén no puede resumirse en un acto protocolar más. Jerusalén hace al espíritu del hombre, a su constante lucha por reconstruirse, a la necesidad de recuperarse de una historia de ocupaciones y destrucciones. Es un desafío del presente, es un compromiso cotidiano que se concentra en la titánica tarea de transformar a Jerusalén en una verdadera Princesa de la Paz.
Porque además de esa larga historia de pérdida y recuperación; y a pesar de que Jerusalén pueda ser discutida en función de diversas visiones políticas, continúa simbolizando -para millones de seres humanos- la síntesis más acabada de lo trascendente. La Jerusalén de oro en la que nació la primera religión monoteísta, fuente nutricia del cristianismo. La Jerusalén en la que tres religiones y hombres de todas las razas buscan las raíces de su fe, cuna de los valores esenciales de la humanidad
¿Qué síntesis más acabada de tolerancia y humanidad podemos encontrar, que Jerusalén?
Decía el martir de la paz, Isaac Rabin en 1995: “Tres mil años de historia nos contemplan hoy desde esta ciudad en la que las bendiciones del sacerdote judío se mezclan con el llamado del almuecín musulmán y con las campanas de las iglesias cristianas; en la que en cada callejuela y en cada casa de piedra se han oído las admoniciones de los profetas; cuyas torres han visto el surgimiento de las naciones y su caída.
Pero Jerusalén permanece, eternamente…”
Al amparo de esta invocación, el pueblo judío nos ha enseñado que el dilema humano no se resume en la simple antinomia de amar u odiar, sino en la difícil y noble tarea de “comprender”. Comprensión y tolerancia se unifican en el hilo conductor del amor y del entendimiento humano. De la tolerancia se deriva el respeto y la consideración hacia las opiniones de los demás, aunque no coincidan con las nuestras. La intolerancia está reñida con el autoritarismo y, por tanto, con la violencia. Es la antesala de la paz y del diálogo y, en consecuencia, es el principio básico que da sentido a la libertad.
Pero la tolerancia no se construye por generación espontánea. La lucha de clases, el nazismo, el Estado fascista o el fundamentalismo religioso no surgieron o surgen de la nada. Se gestaron en forma escalonada, en hechos y en circunstancias que parecían aislados, que fueron impulsados, además, por medios de comunicación y propaganda, manipulados por el dictador de turno y sus mentiras oficiales. Lo que era imposible se transformó en improbable, y lo que era improbable derivó en tragedia.
En consecuencia, cada instancia como la que hoy se nos presenta con motivo de un reconocimiento, nos llama a reflexionar sobre las amenazas a la Paz Internacional que se cierne en varias partes del mundo, y en especial, en el Medio Oriente.
Lamentablemente, la historia nos enseña que no hay protección efectiva para la iracundia, y que la lucha por la tolerancia no debe tener descanso. En particular en estos días en que nuevamente el odio y la confrontación intentan instalarse en forma irreconciliable.
Somos testigos de algunos liderazgos que alimentan odios y resentimientos que van más allá de lo que cada ciudadano pueda desarrollar en su interior. Convocatorias a la violencia y al exterminio y anuncios de la iniciación de una “cuenta regresiva para la destrucción del Estado judío”. En muchos lugares, y aún en nuestro Continente, la tolerancia parece ceder lugar a la violencia propiciada por los portadores de la “verdad revelada”.
Hoy, más que nunca, se reclama una definición cotidiana, un compromiso renovado con la tradición humanista y democrática que encuentra sus raíces espirituales en la Biblia.
Esta actitud reiterada nos lleva a advertir y reconocer que no hay lógica para la violencia, que ésta se previene y se combate con firmeza y determinación; pero también con la mano tendida como expresión de nuestra ética judeo cristiana. El puño crispado no puede ser un estilo corriente y permanente de relacionamiento. El propio Profeta Zacarías nos enseñaba: "Ésta es la palabra del Eterno: ''No con ejército, ni con fuerza, sino con Mi espíritu, ha dicho el Eterno de los Ejércitos."
Bajo esta perspectiva, es necesario impulsar una renovada lógica humanista. Esta empieza y continúa todos los días: en la familia, en el trabajo, en la comunidad, para extenderse como una nube del espíritu destinada a sustituir los excesos de la tecnocracia materialista. El esfuerzo debe centrarse en el juego equilibrado entre la libertad y la responsabilidad, ambos dando sustento al contenido ético de la conducta humana. De nada vale proclamar estos valores para la sociedad si no los incorporamos al compromiso individual de nuestra vida común.
Si afirmamos esos valores, ni la persecución al pueblo judío ni el holocausto volverán a repetirse porque la comunidad internacional recordará que por ignorancia o silencio acompañó en pasiva complicidad páginas de horror de la humanidad.
Y no volverá a suceder porque como dijo nuestro recordado y querido Washington Beltrán, hace unos años al recibir este mismo premio en 1993, “cuando una estructura de derecho se desmorona, sus escombros sepultan a todos, cuando se descarga la fuerza o la barbarie contra una persona, un grupo, una raza la descarga nos alcanza a todos”.
El espíritu de Jerusalén, su naturaleza universal, está entre nosotros. Ese es nuestro premio, es la continuidad de un compromiso, la autenticidad de una verdadera amistad que se nutre de disensos pero que es indestructible, cuando el sustento espiritual encuentra su fundamento en una fuente nutricia de ética compartida. Es el proyectar sobre mi propio país, el Uruguay, el mensaje de tolerancia, paz y reconciliación.
Finalmente, una reflexión.
Por mera coincidencia, hoy, se celebra el año 18 de la entrega del Premio Jerusalén en el Uruguay. Para definir este número, se utiliza la misma palabra con la que se define la vida: JAI.
Esto me permite referirme exclusivamente a los niños de las escuelas que vimos en el escenario, y creo que lo mejor es recurrir a Golda Meir, emigrante a Palestina a los 20 años, fundadora del Estado de Israel; y una de las figuras más imponentes de su historia.
Cuando Golda Meir visitó los Estados Unidos, siendo Primer Ministro, fue a la Escuela en la que había estudiado de niña, en Milwaukee. Allí vio que la escuela seguía siendo la más pobre de la ciudad, pero que la mayoría de sus alumnos ya no eran judíos sino negros. Y cuando los chicos le requirieron unas palabras, les dijo:
“En realidad, no es importante que decidan cuando son niños qué es exactamente lo que quieren ser cuando sean grandes. Es mucho más importante decidir la forma en que van a vivir. Si van a ser honrados con ustedes mismos, si van a comprometerse con causas que sean buenas para los otros, y no sólo para ustedes, entonces creo que es suficiente, y tal vez lo que lleguen a ser, se reduzca a una mera cuestión de suerte.”
Por tanto, así como las velas de Jánuca se colocan en las ventanas para iluminar y guiar al transeúnte, las palabras de Golda Meir nos brindan a todos, niños y mayores, cualquiera sea nuestra raza o religión, una guía para buscar y recuperar una “Luz Primordial” que ilumine nuestro camino por la vida.
Muchas gracias. |